Knut Hamsun y la ética del trabajo (fragmento)
por Ignacio Barbeito
I. Controversia en torno a la celebración del “Año de Hamsun”
Hablar
de olvido en relación con la obra de Knut Hamsun (1859-1952) –el más destacado
de los novelistas noruegos, considerado además uno de los padres de la
literatura moderna– resultaría seguramente una exageración, aunque la tendencia
a opacar los méritos literarios y filosóficos de aquélla en virtud de las
preferencias político-ideológicas de su autor ha desempeñado un papel de
considerable importancia en su menosprecio y silenciamiento. Knut Hamsun fue
nazi y su forma personal de adhesión no dejó lugar –ni a los jueces que lo
condenaron por traición ni a los lectores liberales que lo admiraban y lo
admiran– para una ambigüedad potencialmente salvífica ante las acusaciones de
sus enemigos. Hamsun adhirió al minoritario partido nazi de Noruega liderado
por Vindkun Quisling, apoyó públicamente la invasión nazi a su propio país y
obsequió a Joseph Goebbels la medalla correspondiente al Premio Nobel de
Literatura que le había sido concedido en 1920 por su novela Bendición de la
tierra. Mientras el movimiento de resistencia noruega sufría el sacrificio
de sus miembros en pos del objetivo de expulsar al enemigo de la patria
(historia recientemente reconstruida en la película Max Manus), los
nazis encontraban en Hamsun un aliado confiable.
Tras la muerte de Hitler, con el que supo entrevistarse personalmente, Hamsun
redactó una necrológica en la que manifestó que el Führer había sido “un
pionero de la humanidad y un apóstol de la justicia para todas las naciones”.
Posteriormente, se empeñó en probar su cordura contra el intento de declararlo
insano psíquicamente para evitarle el oprobio de un proceso judicial. Ni el
enmascaramiento retórico ni la cautela eran virtudes por las que Hamsun se
distinguiera. Por el contrario, habían sido la sutileza de sus descripciones y
la precisión de su prosa las que le otorgaron un importante caudal de
admiradores, entre ellos Thomas Mann, que en 1929 declaró que nunca un Premio
Nobel de Literatura había sido concedido más merecidamente que como en el caso
de Hamsun. Al concluir la semblanza de su padre (Mi padre: Knut Hamsun),
el pintor Tore Hamsun compiló una anécdota en la que dio a conocer la desazón
que había experimentado aquél en los últimos años de su vida al oír que un
joven noruego lo despreciaba deseándole una pronta muerte. Concluida la Segunda
Guerra Mundial, el repudio cayó sobre la figura de Knut Hamsun y la sombra de
la sospecha en relación con los valores de los que era verdaderamente portadora
su obra comenzó a socavar los méritos literarios demostrados a lo largo de más
de cinco décadas.
A
pesar de antecedentes hoy tan polémicos, el gobierno noruego declaró al 2009
“Año de Hamsun”, dando lugar a la conmemoración del ciento cincuenta
aniversario del nacimiento del escritor con una serie de homenajes que incluyen
la reedición de su obra, la exhibición de algunos de sus manuscritos y la
inauguración del Centro Hamsun –un edificio de varios pisos destinado a la
realización de distintas actividades culturales–. Estos eventos, encabezados
por la Reina Sonja, han despertado la indignación de diferentes entidades
israelíes y los correspondientes pedidos de retractación. Si bien algunas
organizaciones y personalidades de Israel no están dispuestas a aceptar una nueva
consagración de Hamsun por lo que consideran sus “crímenes de guerra”, las
autoridades noruegas, a pesar de las amenazas de desbancar al país escandinavo
de la recién asumida presidencia en la “Fuerza de Tareas para la Cooperación
Internacional sobre Educación para la Recordación e Investigación del
Holocausto”, muestran entender que la obra de Hamsun merece ser motivo de
orgullo nacional y han manifestado que las celebraciones en torno al escritor
también serán la ocasión para revisar críticamente su compromiso político.
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