El "Viaje sentimental" (fragmento)
Virginia Woolf
Traducción de Marcos Carmingnani
Tristram Shandy,
aunque es la primera novela de Sterne, fue escrita cuando el autor tenía
cuarenta y cinco años, es decir, cuando muchos ya habían escrito su vigésima.
Pero tiene todos los indicios de la madurez. Ningún escritor joven podría
haberse atrevido a tomarse tales libertades con respecto a la gramática, la
sintaxis, el sentido, las convenciones y la tradición largamente establecida de
cómo debía escribirse una novela. Se necesitaba una fuerte dosis de la
convicción que dan la madurez y su indiferencia a la censura para correr el
riesgo de escandalizar a los instruidos mediante el modo poco convencional del
propio estilo y a la gente decente mediante la irregularidad de la propia
moral. Pero corrió el riesgo y el éxito fue prodigioso. Todos los nombres
importantes, todos los exigentes quedaron encantados. Sterne se convirtió en el
ídolo de la ciudad. Sólo en el estruendo de las carcajadas y aplausos que
recibieron al libro se escuchaba la voz del público general estrecho de mente
quejándose de que era un escándalo viniendo de un clérigo y diciendo que el
arzobispo de York tenía que darle, como poco, un reto. El arzobispo, según
parece, no hizo nada. Pero a Sterne, a pesar de que lo demostró poco, esas
críticas le dolieron en el corazón. Un corazón que también había sido afectado
desde la publicación de Tristram Shandy. Eliza Draper, el objeto de su
pasión, había zarpado para encontrarse con su marido en Bombay. En su siguiente
libro, Sterne estaba determinado a hacer efectivo el cambio que lo había afectado
y a probar no sólo el brillo de su ingenio sino la profundidad de su
sensibilidad. En sus propias palabras, “mi propósito fue enseñarnos a amar el
mundo y a nuestro prójimo mejor de lo que lo hacemos”. Animado por tales
motivaciones, se sentó a escribir el relato de un breve viaje a Francia que
llamó Viaje sentimental.
Pero si Sterne pudo corregir sus modales, no pudo corregir su estilo, que se había
convertido en parte de sí mismo, como su nariz grande o sus ojos brillantes.
Con las primeras palabras (“Esto, dije, lo arreglan mejor en Francia”) estamos
en el mundo de Tristram Shandy. Es un mundo en el que todo puede pasar.
Difícilmente sabemos qué chiste, qué burla, qué destello de poesía va a asomar
repentinamente por la brecha que esta pluma sorprendentemente ágil ha abierto
en el tupido cerco de la prosa inglesa. ¿Es responsable el propio Sterne? ¿Sabe
qué va a decir a continuación a pesar de su decisión de portarse mejor esta
vez? Las oraciones desconectadas, entrecortadas, son tan rápidas y parecerían
tan fuera de control como las frases que salen de los labios de un orador
brillante. La misma puntuación es la de un discurso oral, no escrito, y trae
con ella el sonido y las asociaciones de una voz que habla. El orden de las
ideas, su carácter inesperado e irrelevante, es más verdadero en la vida que en
la literatura. Hay una privacidad en este intercambio que permite que las cosas
pasen inadvertidas sin ningún reproche y que de haber sido dichas en público
hubieran sido de dudoso gusto. Bajo la influencia de este extraordinario estilo
el libro se vuelve semi-transparente. Las ceremonias y convenciones usuales que
mantienen la distancia entre lector y escritor desaparecen. Estamos tan cerca
de la vida como podemos.
Que Sterne logró esta ilusión sólo por el uso de un arte extremo y por esfuerzos
extraordinarios es obvio sin recurrir a su manuscrito para probarlo. Porque
aunque el escritor siempre está obsesionado por la creencia de que de alguna
manera debe ser posible pasar por alto las ceremonias y las convenciones de
escribir, y hablar al lector tan directamente como cara a cara, cualquiera que
lo haya intentado se habrá quedado pasmado ante la dificultad o estancado en el
desorden y la imprecisión inefable. Sterne de alguna manera logró la combinación
asombrosa. Ninguna obra parece fluir con mayor exactitud entre los mismos
pliegues y rugosidades de la mente individual para expresar sus cambios de
humor, para responder a sus más ligeros caprichos e impulsos, y sin embargo el
resultado es perfectamente preciso y sereno. La mayor fluidez está al lado de
la mayor permanencia. Es como si la marea fuera y viniera sobre la playa y
dejara en mármol sobre la arena cada onda y remolino.
Nadie, por supuesto, necesitaba la libertad de ser él mismo más que Sterne. Porque
mientras hay escritores cuyo don es impersonal, de tal manera que, por ejemplo,
un Tolstoi puede crear un personaje y dejarnos a solas con él, Sterne siempre
debe estar presente para ayudarnos en nuestro intercambio. Poco o nada quedaría
de Viaje sentimental si le quitáramos todo lo que llamamos Sterne. No
tiene ninguna información valiosa para dar, ninguna filosofía razonada para
transmitir. Dejó Londres, nos dice, “con tanta precipitación que nunca se me
pasó por la cabeza que estábamos en guerra con Francia”. De las imágenes, las
iglesias, la desdicha o el bienestar del campo no tiene nada que decir. Claro
que estuvo viajando por Francia, pero muchas veces el camino estaba en su
cabeza, y sus principales aventuras no eran con forajidos y precipicios sino
con las emociones de su propio corazón.
Este cambio en el punto de vista fue una innovación audaz. Hasta ese momento, el
viajero había respetado ciertas leyes de proporción y perspectiva. En todo
libro de viajes, la catedral siempre había sido una construcción enorme y el
hombre una figura pequeña, absolutamente diminuta a su lado. Pero Sterne era
totalmente capaz de omitir por completo la catedral. Una chica con una cartera
verde satinada podía ser mucho más importante que Notre-Dame. Porque no hay,
parece sugerir, ninguna escala universal de valores. Una chica puede ser más
interesante que una catedral; un mono muerto más instructivo que un filósofo
vivo.
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