Revista La Rana
Latinoamérica: Entre el rostro y la identidad (fragmento)

Por Roger A. Koza


Guadalajara es una bella ciudad; podría ser comparada con Córdoba: se le parece por momentos si se tiene en cuenta la geografía. Con 4 millones de habitantes, Guadalajara es extensa y próspera, moderna y arcaica, rica y un poco pobre. No hay calles angostas y predominan las avenidas y bulevares.

Esta nueva edición del festival más conscientemente pretencioso de Latinoamérica, junto con el festival de Mar del Plata, se impone como la meca del cine, más bien de la industria del continente. Es un festival con una identidad precisa: aquí se defiende un cine y se forja una industria, se comulga con una concepción cinematográfica y se promulga una nueva noción del cine realizado en Latinoamérica. Esto no es Viña del Mar en 1967. Como en toda organización, hay zonas de fuga, intersticios por donde puede surgir algo que se desmarque de una marcha colectiva en la que se rinde pleitesía al espectáculo. El festival de Guadalajara es una fábrica y distribuidora de sueños.

El inconsciente de los festivales o, dicho de otro modo, la agenda no escrita pero implícita a la que responden, puede deducirse de la elección de la película de apertura y de un análisis de su catálogo. Lógicamente, la selección de películas de cada competencia evidencia un criterio (o un no criterio, que es también un criterio), pero la tesis que vertebra o fundamenta el criterio a veces suele aparecer nítidamente en las sentencias dichas al pasar o en una declaración intempestiva por parte del director artístico.

En el catálogo, Jorge Sánchez Sosa, director general del festival, dice estar preocupado por la recepción del cine mexicano en México. Califica de ‘trágica’ la situación, pues el fracaso en la taquilla se contrapone con la calidad de films nacionales (enumera Párpados azules y Luz silenciosa, entre otras). Es una preocupación legítima, pero en el resto de su presentación no agrega nada más. Si uno lee la totalidad del catálogo, poco y nada se habla de cine. Cada película está acompañada de una sinopsis, no de una crítica. Se describe, no se analiza, menos aún se justifica críticamente por qué esa película está allí, elegida, lista para ser descubierta, pensada, gozada. Las competencias carecen de una introducción, del porqué de su existencia.



La ceremonia inaugural fue tediosa y pretenciosa. Excepto por el reconocimiento al comediante mejicano Tin Tan, ícono de la resistencia a través del humor y protorapero o malabarista del lenguaje, como decían algunos de los entrevistados en un video proyectado, el resto fue esquemático y soporífero. Por momentos se escuchaban algunos tímidos silbidos.

La película de apertura fue Café de los maestros, documental dirigido por Miguel Kohan y producido por Santaolalla y Stantic. El propio Santaolalla se encargó de enfatizar acaso la única virtud de esta película estándar y mecánica: los protagonistas son todos hombres y mujeres de más de 70 años, músicos de tango que supieron conocer la gloria en décadas pretéritas: Mariano Mores, Horacio Salgán, Alberto Podestá, Virginia Luque y otros.

Una de las mejores películas que vi en Guadalajara fue Cochochi. Esta opera prima dirigida por Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas ha sido una sorpresa, al menos tras ver ya un par de películas mejicanas, todas ellas ensimismadas en problemáticas existenciales insignificantes, propias de una clase específica y pudiente. En efecto, Cochochi parece una película de Kiarostami, más precisamente el film ¿Dónde queda la casa de mi hijo? Aquí no hay que devolver un cuaderno sino encontrar un caballo. Se trata de una travesía, casi cósmica y por momentos cómica, de dos niños por el valle de Okochochi, quienes tienen que entregar unos medicamentos a sus abuelos. En el viaje, el caballo desaparece. Quizás se lo robaron, quizás el nudo estaba mal hecho.

Es un periplo de conocimiento, y para quien mira el film es un viaje de descubrimiento. Así se revela, paulatinamente, una cultura indígena que convive con la tecnología básica de Occidente: medios de transporte y de comunicación. La radio es la web del pueblo. Hay música, instrumentos, hay otra idioma. Pero hay también una advertencia: "Quizás al caballo se lo robó un blanco"; "Los blancos quieren todo para ellos".

Formalmente consistente, Cochochi evita el turismo audiovisual y la curiosidad etnográfica. Es más bien el registro delicado de dos niños en un posible rito de pasaje. Singular, universal, diferente.

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