Sachem (fragmento)
Hernrik Sienkiewicz
Quién hubiera imaginado
esa noche, al contemplar aquel circo monumental que se levantaba en la plaza
principal de Antílope, que apenas quince años antes no había ni señales de
aquel pueblo tan floreciente. Ningún blanco se hubiera arriesgado entonces a
acercarse a la confluencia de los dos ríos donde lo habían construido. Las
pocas chozas indias diseminadas por el lugar causaban terror a los colonos
alemanes de la región. Sus ocupantes, indios de Texas, conocidos como los
Serpientes Negras, sabían defender a muerte su territorio, y más de una cabeza
de europeo imprudente padeció el horror del escalpelo.
Sin embargo, tal como
estaban las cosas, la situación no podía durar mucho tiempo más.
Una noche de luna
llena, varios centenares de caras pálidas cayeron sobre la aldea dormida. A la
mañana siguiente el triunfo de la buena causa de la civilización era total.
Chiavatta -así se llamaba la aldea indígena- fue incendiada, y pasaron a
cuchillo a todos sus habitantes, sin distinción de edad ni de sexo. Sólo
escaparon a la masacre algunos guerreros que en esa estación del año solían
cazar en las llanuras.
No bien quedó arrasada
la aldea, a sus destructores se les ocurrió que se trataba de un buen lugar
para establecerse, así que no tardó en surgir de las cenizas de la Chiavatta bárbara, con la ayuda de la inmigración alemana, una Antílope civilizada.
En menos de cinco años
la poblaban dos mil habitantes; y esa cantidad se duplicó y muy pronto se
triplicó gracias a la explotación de las minas de mercurio de la comarca.
Conforme a la ley de
Lynch, diecinueve guerreros Serpientes Negras -los últimos que lograron
capturar- fueron ahorcados siete años después del triste y trágico fin de los
suyos, en la misma plaza donde esa noche tocaba, a todo meter, la banda del circo.
Con gran ruido y
estridencia sonaba la banda, y tendría que haber sido muy perspicaz el que
hubiese podido distinguir, entre el público que esperaba el comienzo del
espectáculo -ricos comerciantes y modestos trabajadores-, a los hombres
despiadados que, quince años atrás, incendiaron y degollaron a los pobladores
indios en esa misma plaza festiva.
Los curiosos se
amontonaban por millares en las gradas del circo. ¿A qué se debía tanto éxito?
¿Quizá al legítimo deseo de divertirse un rato después de un fatigoso día de
trabajo? ¿Tal vez al orgullo de ser honrados con la compañía del célebre circo
Dean, cuya visita ponía de relieve, a todas luces, la importancia del pueblo?
Por estas razones, sin duda alguna, pero también por otra más importante.
El número dos del
programa decía:
Danza
en la cuerda floja a quince metros del suelo, con acompañamiento de música, por
el célebre acróbata Sachem, "el Buitre Rojo", jefe de los Serpientes Negras,
último descendiente real de la raza y único sobreviviente de la tribu.
Una vez, el honorable
señor Dean contó en la Taberna que, quince años atrás, al pasar por Santa Fe,
se encontró con un viejo indio moribundo, acompañado de un niño. Antes de
morir, el viejo le dijo que el muchacho, hijo del Sachem de los Serpientes
Negras, era el heredero legítimo de su padre asesinado, y como tal le
correspondía ser el jefe indiscutido de la tribu destruida o desperdigada. El
hijo, adoptado por la compañía del circo, se convirtió con el tiempo en el
primer acróbata. Y el señor Dean, que hasta llegar a Antílope ignoraba lo
ocurrido en Chiavatta, se enteró esa noche de que su equilibrista iba a danzar
sobre la tumba de su padre.
Y al divulgarse la
noticia, el Sachem se convirtió en la great attraction. Los burgueses de
Antílope fueron en masa al circo, ansiosos de ver al único sobreviviente de una
raza que habían aniquilado, para exhibirlo ante sus mujeres e hijos, y ante los
recién llegados de Alemania, que nunca en su vida habían visto un indio en persona.

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