AUERBACH O EL PODER DE LA PALABRA (fragmento)
George Steiner
Traducción de Julián Aubrit
Filología significa "amor a la palabra". Las doctrinas y metáforas helenísticas cristológicas de la encarnación han vuelto más rica y más densa esta definición. El "Verbo" (logos) se hizo carne. Encarna y comunica a la vez sentido y sustancia. Sin embargo, la filología conserva una denotación secular, más técnica y profesional. El filólogo estudia, edita y colaciona textos, en el plano léxico, gramatical y semántico de las lenguas. Sitúa la palabra escrita en sus contextos etimológicos, históricos y sociales. Los instrumentos filológicos pueden ser rigurosamente especializados; se focalizan sobre el entramado tanto diacrónico como sincrónico del discurso. "Dios está en el detalle". Sin embargo, las implicancias son vastas. En ningún momento la filología puede eludir el núcleo filosófico y psicológico central de lo que es "comprender", de los presupuestos (¿teológicos?) que aseguran la posibilidad misma de la interpretación, del consenso, aunque aproximativo y siempre susceptible de ser revisado, entre lectores diferentes, sucesivos, del mismo texto o "acto de habla". ¿Cómo es posible que poesías o prosas de miles de años, en lenguas que sólo pueden reconstruirse parcialmente y con dificultad, nos interpelen, nos informen y nos conmuevan profundamente? ¿Qué quiere decir comprender, parafrasear un verso del Gilgamesh o de la Ilíada, intentar una traducción? ¿Y no está esta cuestión, en esencia, ligada a todos los intercambios lingüísticos y semióticos humanos incluso en la propia lengua materna y entre contemporáneos?
Estas implicancias fueron articuladas, en lo que respecta a la civilización occidental moderna, por el genio solitario de Giambattista Vico en su Scienza nuova. El interés de Erich Auerbach por Vico se remonta por lo menos a 1922. Para Vico, la historia y el espíritu de las naciones se expresan en su literatura, especialmente en su poesía épica. Él había asignado a la filología, a la interpretación textual (la expresión de Auerbach es verstehende Philologie) el privilegio y la tarea de interpretar la especial humanidad del hombre. Esta humanidad era a la vez pródigamente diversa (no podía leerse más que "comparativamente") y universal. Un sensus communis generis humani subyace en la multiplicidad de lenguas y circunstancias históricas, haciendo posible la comprensión. Mucho antes que Feuerbach y Marx, Vico había considerado la historia como un producto humano del que la literatura y los mitos dan un testimonio legible.
Lo que se desprende es un axioma, un credo hermenéutico apenas desafiado en el patrimonio intelectual occidental hasta el modernismo. Si las lenguas interpretan nuestro mundo, también se relacionan con él en términos que son en última instancia "realistas", que desafían y refutan la noción cartesiana de un genio maligno que falsea el sentido y la evidencia. Aunque teniendo conciencia de los enigmas metafísicos extremos ligados al concepto de sentido, de designación verificable, aunque conscientes de las patologías, con frecuencias creativas, ocultas en la palabra, asumimos saber de qué hablamos (aun cuando posiblemente tengamos que revisar este conocimiento) y asumimos que el mundo, por problemático que sea, se relaciona con los hallazgos del lenguaje. Desde el principio, Auerbach fue persuadido por la fe de Vico en los poderes del sentido común radicalmente creativos y generadores (il senso commune della nostra medesima mente umana).
El segundo diapasón fue Dante. Auerbach vuelve a él incesantemente y le dedica la más incisiva y original de sus monografías, Dante als Dichter der irdischen Welt (1929), publicada en inglés en 1961. Más allá que Shakespeare, Dante logra obras que son a la vez poesía suprema y argumentación teológico-filosófica de primer orden. En Dante, las dos corrientes que determinan la conciencia occidental, la de la antigüedad clásica y la de la herencia bíblica cristiana, se unen con una fecundidad y una tensión inagotables. No hay un solo verso de la Commedia, proclama Auerbach, que no exprese la convicción de que la excelencia poética es equivalente a la revelación de la verdad divina, de que verdad y belleza son realmente inseparables. Más que ningún otro maestro, Dante poseía el don de la gratitud: con sus maestros y predecesores, con el milagro que era Beatriz, con Virgilio, el "guía amado", y, por encima de todo, con Dios, que le había permitido la maravilla de su peregrinaje. "El poder poético de Dante, escribió Auerbach en 1953-1954, no habría alcanzado su más alta perfección, si no hubiese estado inspirado por una verdad visionaria que trascendía el sentido inmediato y real. (.) Así, podía legítimamente dirigirse a sus lectores como todavía se dirige a nosotros, con la autoridad y la urgencia de un profeta". Como T. S. Eliot, con el que lo emparenta su sensibilidad virgiliana y cristiana, Auerbach ubicaba a Dante en el centro de la literatura europea.
Así, Auerbach podía reclamar dos espíritus tutelares italianos, pero también una formación en el romanticismo alemán y en los criterios académicos (Wissenschaft). Fue Goethe -que tradujo, con frecuencia indirectamente, de unas veintisiete lenguas, y cuyo orientalismo tardío alteró los mapas de referencia poética- el que acuñó el término seminal Weltliteratur; el que postuló que no puede haber un conocimiento autorizado de la propia lengua si no se estudian y conocen lenguas extranjeras. Fue Herder, después de Vico, el que expuso las conexiones orgánicas entre lenguaje, literatura y nacionalidad. (Auerbach publicó sobre Vico y Herder en el ominoso año 1932.) Schleiermacher estableció, en relación con Platón y con la Biblia, los fundamentos metodológicos de la hermenéutica moderna, del arte de la comprensión. La universidad alemana y, después de Humboldt, el Gymnasium, desarrollan una formación en griego y latín, en historia del arte y en crítica textual, sin precedentes. No menos que sus pares Karl Vossler, Leo Spitzer o Ernst Robert Curtius, Auerbach fue formado y reafirmado por la más fina paideia de Europa.
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Génesis de un libro
Después de haber empezado estudios de derecho y servido en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, Auerbach se pasa a la filología románica en la universidad de Greifswald. En 1929 Auerbach fue elegido para la prestigiosa cátedra de estudios románicos de la universidad de Marburg (hace acordar al joven Heidegger). Esta formación de romanista determinó su perspectiva, su concentración en las literaturas italiana y francesa, en la latinidad de la Edad Media europea y las continuidades entre la literatura clásica y la moderna. De ahí la riqueza de sus publicaciones sobre Dante, sobre Vico, sobre el público literario francés del siglo XVII. Al final de su vida, Auerbach dilucidó textos franceses. Escribió sobre La Fontaine, Pascal, Racine, Montaigne, sobre el lugar de Rousseau en la historia europea, sobre Stendhal y Baudelaire. Su descubrimiento de Proust se remonta a 1927. El rol de Montesquieu y del Ancien Régime le preocupó en los años '40. Auerbach experimentó la profunda lógica de desarrollo que relaciona el realismo de la literatura antigua y de la narración medieval y del Renacimiento con la novela francesa del siglo XIX y de comienzos del XX, con Balzac, Stendhal, Flaubert y, a la larga, con la summa summarum proustiana.
Esta cartografía es característica del canon de la literatura comparada. Hay incursiones en el Extremo Oriente, como en Étiemble, y en las literaturas eslavas y de Europa del este, como en Roman Jakobson. Pero fundamentalmente la ciencia y la hermenéutica representativas en los estudios comparados han sido eurocéntricas o, más precisamente, continentales. La contribución británica ha sido intermitente, por no decir escasa. A su vez, las literaturas del mundo anglófono y anglo-americano han sido mantenidas a distancia. Cuando se le pidió nombrar los tres escritores europeos más grandes, de Gaulle respondió: "Dante, Goethe, Chateaubriand. -¿Y Shakespeare?" objetó el asombrado interlocutor. La réplica fue lapidaria: "Usted dijo europeos". La soberanía y el enigma de la universalidad provincial de Shakespeare es precisamente lo que con frecuencia ha elidido el análisis comparativo, tan impregnado como estaba de romanitas.
A esto hay que agregar un factor complejo, casi trágico. Los estudios de literatura comparada, sus revistas, sus puestos académicos surgieron del exilio, del desplazamiento personal. La primera cátedra, bellamente llamada "Littérature Générale", fue creada por Sismondi, un refugiado político, en la universidad de Ginebra. (Yo he tenido el honor de ocuparla un cuarto de siglo.) El espíritu del comparatista es el del políglota, del "fronterizo", del peregrino. Salvo notables excepciones -Curtius, Mario Praz, Contini-, sus practicantes han sido judíos, tan frecuentemente no bienvenidos en las facultades tradicionales de literatura inglesa. Tan frecuentemente criticados por no ser inward -una palabra favorita de East-Anglia, "de lengua nativa". También en este aspecto, la carrera de Auerbach fue ejemplar.
En tanto "no ario", Erich Auerbach fue perseguido y expulsado de Marburg en 1935. Su percepción del nazismo y de sus complicadas interrelaciones con el antisemitismo cristiano le inspiró su famoso estudio sobre la figura y las consecuencias histórico-políticas de la interpretación figural, alegórica. Una minuciosa investigación filológica sacó a la luz una enormidad histórica. Auerbach encontró refugio en la universidad estatal de Estambul, donde sucedió a Leo Spitzer como profesor de lenguas y literaturas románicas. Una leyenda, pero muy probablemente es más que eso, sostiene que Auerbach, privado de su magnífica biblioteca privada, de su patria y de su primera lengua, de los recursos académicos y del prestigio intelectual propios de un Ordinarius en una universidad alemana, sufrió una depresión aguda. En particular, las fuentes primarias y secundarias de las que dependía todo su trabajo filológico e histórico ahora no estaban disponibles. Las posesiones bibliográficas de Estambul eran magras. Incluían la "biblioteca del viajero" editada por Tauchnitz en la biblioteca pública local: difícilmente una provisión de notas al pie. Un hombre que era la quintaesencia del investigador, que había empezado como bibliotecario en la Biblioteca Nacional Prusiana de Berlín, ¿podía forzarse a escribir para el lector general, a producir con medios textuales mínimos una obra, precisamente, sin notas? El desafío ocupó a Auerbach desde mayo de 1942 hasta abril de 1945 (se fue a Estados Unidos y a sus posesiones académicas en 1947). Por esta época, su libro "generalista" había sido publicado en Berna, en alemán.
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