Revista La Rana
Mundo Wendel
por Hernán Arias


En algún lugar Ricardo Piglia dice que los consejos del viejo Vizcacha son como ruinas de relatos perdidos. Un acierto poético de Piglia, sin duda, con el que resulta difícil no coincidir: pensar esos consejos no como simples enseñanzas, sino como ruinas, como lo que quedó de algo a lo que ya no podemos acceder, pero que intuimos. Yo tengo esa sensación frente a la obra de Germán Wendel. Sus pinturas, como las ruinas, narran por elipsis. Pero en este caso, a diferencia de lo que ocurre con los consejos del viejo Vizcacha, que pretenden universalizar desde la vejez, los relatos de Wendel tienen la asombrosa capacidad de devolvernos a una intimidad casi olvidada, a nuestra secreta mirada de niños. Frente a sus pinturas, como en la infancia, siempre estamos solos. Y en soledad adivinamos que esos relatos, a los que ya no podemos acceder, hablaban a su vez de mundos perdidos.

En muchas de sus obras aparece la llanura -su paisaje- como el difuso escenario de situaciones precisas. Esa sugestiva combinación define su estilo. Lo muestra como un artista capaz de captar el detalle revelador en medio de una atmósfera encantada. Unos pocos elementos dispuestos con pericia entre el llano y un cielo generalmente plomizo nos transportan al mundo de las fábulas antiguas, pero en un tiempo en el que la ingenuidad no está permitida. Así, sus telas muestran el revés de esas fábulas, lo que evitaron decirnos.

En un ensayo famoso, Borges define el hecho estético como «la inminencia de una revelación que no se produce». Ésa es la sensación que el Mundo Wendel transmite.

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