EL FAISÁN (fragmento)
Raymond Carver
Traducción de Julián Aubrit
A Gerald Weber no le quedaban muchas palabras. Permanecía callado y manejaba el auto. Shirley Lennart se había quedado despierta al principio, más que nada por la novedad, el hecho de estar a solas con él durante algún tiempo. Había puesto varios cassettes -Cristal Gayle, Chuck Mangione, Willie Nelson- y después, cerca de la mañana, había empezado a sintonizar en la radio una estación tras otra, eligiendo noticias internacionales y locales, informes del campo y breves pronósticos del tiempo, incluso un programa a la mañana temprano de preguntas y respuestas sobre los efectos de fumar marihuana en madres que están amamantando, cualquier cosa para llenar los largos silencios. De vez en cuando, fumando, lo miraba a través de la oscura penumbra del auto. En algún lugar entre San Luis Obispo y Potter, California, a unas ciento cincuenta millas de su casa de verano en Carmel, renunció a Gerald Weber como una mala inversión -había hecho otras, pensó cansada- y se quedó dormida en el asiento.
Él escuchaba su respiración entrecortada por encima del ruido del aire que afuera pasaba bramando. Apagó la radio y se alegró por la privacidad. Había sido un error dejar Hollywood a plena noche para un viaje de trescientas millas, pero esa noche, dos días antes de cumplir treinta años, se había sentido perdido y había sugerido que fueran unos días a su casa de la playa. Eran las diez en punto y todavía estaban tomando martinis, aunque habían salido al patio con vista a la ciudad. «¿Por qué no?», había dicho ella, revolviendo el trago con el dedo y mirándolo, apoyado contra la baranda del balcón. «Vamos. Creo que es la mejor idea que has tenido en toda la semana», dijo mientras se chupaba la ginebra del dedo.
Él apartó la vista del camino. No parecía dormida, parecía inconsciente, o gravemente herida, como si se hubiera caído de un edificio. Estaba torcida en el asiento, una pierna cruzada y la otra colgando del asiento casi hasta el piso. La pollera se le había subido, mostrando la punta de las medias, el portaligas y la piel del medio. Tenía la cabeza en el apoyabrazos y la boca abierta.
Había llovido de a ratos durante la noche. Ahora, justo cuando empezaba a aclarar, dejó de llover, pero la ruta todavía estaba mojada y oscura y podía ver pequeños charcos de agua en las depresiones de los campos abiertos a uno y otro lado del camino. No estaba cansado todavía. Se sentía bien, después de todo. Estaba contento de haber hecho algo. Era agradable estar sentado atrás del volante, manejando, sin tener que pensar.
Acababa de apagar las luces y de bajar un poco la velocidad cuando vio al faisán de reojo. Volaba bajo y rápido y en un ángulo que podía cruzarse con la trayectoria del auto. Tocó el freno, después aumentó la velocidad y apretó bien el volante. El pájaro golpeó el faro izquierdo con un fuerte toc. Pasó dando vueltas por encima del parabrisas, dejando plumas y un chorro de mierda.
-Dios mío-, dijo, horrorizado por lo que había hecho.
-¿Qué pasó? - dijo ella, sentándose pesadamente, con los ojos muy abiertos y sobresaltada.
-Atropellé algo. un faisán-. Cuando frenó el auto, escuchó el tintineo en el pavimento del vidrio del faro roto.
Estacionó en la banquina y se bajó. El aire estaba húmedo y frío y él se abotonó el suéter cuando se inclinó para revisar el daño. Excepto por algunos pedazos de vidrio que tironeó unos minutos con dedos temblorosos para aflojar y sacar, el faro ya no estaba. Había también una pequeña abolladura en el guardabarros izquierdo. En la abolladura, una mancha de sangre cubría el metal y había varias plumas de color pardo pegadas en la sangre. Había sido un faisán hembra, lo había notado un momento antes del impacto.
Shirley se inclinó hacia el lado de él y apretó el botón de la ventanilla. Todavía estaba medio dormida. «¿Gerry?», lo llamó.
-Un minuto. Quedate en el auto-, dijo él.
-No iba a bajar -, dijo ella. - Era para que te apures.
Él volvía caminando por la banquina. Un camión pasó arrojando una nube de rocío y el conductor lo miró desde la cabina mientras pasaba rugiendo. Gerry encogió los hombros por el frío y siguió caminando hasta que llegó a los restos de vidrio roto en el camino. Caminó un poco más, mirando detenidamente en el pasto mojado al lado del camino, hasta que encontró al pájaro. No pudo obligarse a tocarlo, pero lo miró un minuto; aplastado, los ojos abiertos, un punto brillante de sangre en el pico.
Cuando volvió al auto, Shirley dijo «No sabía qué había pasado. ¿Le hizo mucho?»
-Arrancó un faro y le hizo una pequeña abolladura en el guardabarros -, dijo. Miró por donde habían venido, y después salió al camino.
-¿Lo mató? - dijo ella. -Quiero decir que tiene que haberlo matado, obviamente. Supongo que no tuvo escapatoria.
Él la miró y después miró de nuevo el camino. «Íbamos a setenta millas por hora».
-¿Cuánto estuve dormida?
Como él no respondió, ella dijo: «Me duele la cabeza. Me duele mucho la cabeza. ¿Cuánto falta para Carmel?»
-Un par de horas -, dijo él.
-Me gustaría comer algo y tomar café. Tal vez eso me haga pasar el dolor de cabeza -, dijo ella.
-Paramos en la próxima ciudad -, dijo él.
Ella movió el espejo retrovisor y estudió su cara. Se tocaba con el dedo acá y allá abajo de los ojos. Después bostezó y prendió la radio. Empezó a girar la perilla.
Él pensaba en el faisán. Había sucedido muy rápido, pero para él estaba claro que había atropellado al pájaro deliberadamente. «¿Qué tan bien me conocés realmente?», dijo.
-¿Qué querés decir? - dijo ella. Dejó la radio un minuto y se apoyó de nuevo en el asiento.
-Solamente dije: ¿Qué tan bien me conocés?
-No tengo la menor idea de qué querés decir.
Él dijo: «Solamente qué tan bien me conocés. Es todo lo que pregunto».
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