Conrad vs. Valéry
por Nicolás Magaril
Difícilmente pueda concebirse una dupla más perfectamente opuesta y complementaria que la encarnada por Conrad y Valéry a fines del siglo XIX. Tengo entendido que fueron buenos amigos.
Monsieur Teste y Heart of Darkness, las dos son novelas cortas, se escribieron con un par de años de diferencia (en 1896 la primera, en 1898 la segunda), pero con un abismo en el marco de la experiencia respectiva de sus autores¹: un gabinete urbano con un mobiliario austero y la jungla fluvial del centro de África. La doble matriz de la tradición occidental, el Saber y la Acción, encuentra en ellas su punto de quiebre, su resolución dramática, su reducción al absurdo. Constituyen el anverso y reverso crítico de cierto extremo de la modernidad. En ambas se toca un punto de no retorno en el dominio de la actividad humana, necesariamente histórica: puede asumir la forma de una crítica epistemológica o antiimperialista. A partir de allí, Europa correrá rápidamente hacia su propio suicidio. Las últimas palabras de Kurtz y el lacónico remate de Monsieur Teste confluyen en una misma sentencia: "el horror" y la "marcha fúnebre del pensamiento".
Edmond Teste establece el límite de la conciencia de sí, el estatismo absoluto, el soliloquio improductivo, el ser absorto en su variación interna, abandonado completamente a la observación y disciplina del espíritu geométrico y analítico. La esterilidad del saber llevada a sus últimas consecuencias: la captura, en los confines de la ciencia y de la mente, de aquel "instante de diamante" en que se revela y se disuelve la experiencia puramente ideal. En lo profundo de su introspección, la materia psíquica no encuentra sino su propio reflejo convertido en objeto de sí misma. Aquí no cuentan los libros propiamente dichos; la enciclopedia ya había sido exonerada hacía algunos años por Bouvard y Pécuchet: Edmond Teste hereda ese vacío y lo convierte en su elemento. Las aberraciones de los tres franceses se implican recíprocamente. Los quince mil volúmenes que según dicen leyó Flaubert para escribir su novela, esa aguda intoxicación teórica que trasladó a los copistas, pareciera el límite último de una inflexión que conduce inmediatamente a su total ausencia: la imperturbable pureza de las operaciones mentales del héroe valeriano. No administra discursos transpuestos, no produce conocimiento a partir del conocimiento producido, no repite; asiste, en todo caso, al fluir de su propia racionalidad estudiándose a sí misma: su saber existe en la medida en que le permite jugar esa práctica con mejores resultados, es decir, que le permite entrar en sí mismo "armado hasta los dientes". El mundo circundante (la ópera, la bolsa de comercio) lo solicita al indócil eventualmente como un estímulo de sus procedimientos ideales. Potencial e indefinidamente provisional, el Sr. Teste no hace nada: lo redime su propósito inofensivo, el método secreto de su conciencia. El lenguaje revisa así su propia naturaleza y Mallarmé termina abrumando a su discípulo dilecto: luego de escribir Monsieur Teste, Valéry se calló durante veinte años.
Durante esos veinte años, en cambio, Joseph Conrad, convertido ya en ciudadano terrestre de Inglaterra, se dedicó a escribir a un ritmo desenfrenado: más de veinte novelas, alrededor de treinta relatos de diversa extensión, algunos ensayos, cartas y páginas autobiográficas. Como es sabido, salvo en un par de ocasiones (las recreaciones históricas incluidas en A Set of Six, El agente secreto, que transcurre en Londres, o las obras escritas en colaboración con Ford Madox Ford), Conrad se inspiró, por lo general muy fehacientemente, en lo visto y oído durante sus años como marino mercante en los mares orientales. De la experiencia en el Atlántico y, más precisamente, en el Golfo de México, deriva su novela más larga: Nostromo, para algunos la obra maestra, para otros la más aburrida. Y en 1889 estuvo varios meses en lo que hoy es la República Democrática del Congo y que en aquel entonces era un área poco conocida del planisferio ("de tinieblas", dirá Marlow), donde hacían sus primeras incursiones los mercenarios del marfil. Como su relator-protagonista, Conrad ciertamente remontó en un "vapor de hojalata", en nombre de una "Sociedad Anónima para el Comercio del Congo", con sede en Bruselas, uno de los ríos más caudalosos del mundo en busca de un tal Kelin, agente de la compañía que se hallaba enfermo en una estación internada en la selva. Kelin, como Kurtz, murió en el viaje de regreso, y Conrad, por su parte, contrajo allí una malaria que se manifestó intermitentemente hasta el final de su vida. Todo su "botín" de África, confesó, fueron dos relatos: Heart of Darkness y Una avanzada del progreso (este último incluido luego en Cuentos de inquietud).
Si para hablar de Valéry es posible prescindir casi completamente de su biografía, para hablar de Conrad es casi imposible ignorarla, pero en un sentido, si cabe, cualitativo: como función en el marco de su concepción estética, no en virtud de tal o cual detalle documental. En una oportunidad, Conrad destacó que el arte literario puede definirse como un intento unipersonal de rendir la más alta justicia al mundo visible, que por obra de la palabra escrita el lector pueda, por encima de todo, ver. En este sentido, probablemente, su biografía como función estética: Conrad es el que fue y vio; el rigor de su prosa (era lector de Flaubert y Henry James) encuentra en esa lealtad su desafío y su justificación.
Como sea, El corazón de las tinieblas es abiertamente antiimperialista y antiesclavista: "la conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que nosotros, no es nada agradable cuando se mira de cerca. Lo único que la redime es la idea". Se trata, sin duda, de una descarnada contrapartida al white man's burden (aquella idea redentora, "ante lo que uno puede postrarse y ofrecer un sacrificio") que lanza Kipling precisamente el año en que Conrad termina el relato, 1899. Fecha clave además en el voraz proceso imperialista de los Estados Unidos, que, luego de vencer definitivamente a los españoles, afianzó su dominio en Centroamérica y Filipinas. Se diría que la increíble vigencia del breve relato de Conrad es proporcional al desarrollo avasallante del mal que denuncia. Pero su verdadera perdurabilidad, su inagotable poder de irradiación (del cual Apocalypse Now es su exponente más alto y el nuevo Kong su caricatura, pero que se manifiesta, asimismo, en el interés que ha despertado en pensadores como Said o Anderson, y aun en los numerosos foros de discusión on-line con los que cuenta actualmente) descansa en la calidad de esa denuncia. Desde la geopolítica a la biografía, la moral o la estilística, el texto de Conrad abre una impresionante cadena de discusiones.
Acaso convenga retener una imagen final: cierto lúcido espanto ante aquello de lo que es capaz el hombre, el hombre blanco. Ese movimiento expansivo y su contrario: la contracción de Monsieur Teste, la localización del punto ciego de todos los discursos. Dos formas de la locura occidental, o de su terrible cordura.
¹ O en la experiencia de sus protagonistas: tanto Charles Marlow como Edmond Teste se consideran, con buenos fundamentos, como alter ego de sus creadores. Se trata, sin embargo, de personajes complejos, siempre con un margen de autonomía. El caso de Marlow es, en este sentido, particularmente interesante: reaparece como narrador más o menos protagonista en otras tres obras de Conrad (Juventud, Lord Jim y Azar), cada una de las cuales refiere a un período diferente de su vida y por lo tanto a un punto de vista correlativo.
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