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Una opinión discrepante sobre Kafka (fragmento) E. Wilson Classics and Commercials
Estos últimos dos volúmenes, en el primero de los cuales el editor, Angel Flores, ha reunido cuarenta y un textos de escritores de todas las nacionalidades, saturan al lector y lo dejan estupefacto y dan lugar, finalmente, a la sospecha de que Kafka está siendo considerablemente sobreestimado. Uno se da cuenta de que no es meramente una cuestión de apreciar a Kafka como un poeta que da expresión a las emociones de desamparo y auto-desprecio de los intelectuales sino de elevarlo como un teólogo o un santo que puede también, de alguna manera, justificar para hombres ansiosos y sensibles -o ayudarlos a aceptar sin justificación- los designios de un Dios banal, burocrático e incomprensible. Ahora bien, es una cosa muy distinta nacer, como este escritor, a fines del siglo diecinueve, cuando la estabilidad y el progreso se daban por sentados, que nacer en una época en la que los cambios violentos y los retrocesos parecían las condiciones normales de vida; a pesar de mi admiración por Kafka, me parece imposible tomarlo seriamente como un gran escritor y nunca he dejado de admirarme de la cantidad de personas que lo hacen. Algunos de sus relatos son absolutamente de primer orden, comparables a los de Gogol y a los de Poe. Como los de ellos, son pesadillas realistas que encarnan en un imaginario concreto las manías de los estados neuróticos. Y las novelas de Kafka han explotado una vena de comedia y pathos del esfuerzo fútil que, probablemente, van a hacer de kafkiano una palabra permanente. Pero sus dos novelas, El proceso y El castillo, que se han convertido para los seguidores de Kafka en algo así como textos sagrados, son, después de todo, obras bastante fragmentarias nunca terminadas y nunca realmente trabajadas. Sus temas, hasta donde Kafka había llegado, han sido desarrollados con tan poco rigor que Max Brod, cuando iba a editarlas, se encontró con meros conjuntos de episodios sueltos, que tuvo que juntar lo mejor que pudo para darles una progresión constante, aunque no siempre pudo determinar en qué orden debían ir exactamente. Comparar a Kafka, como hacen algunos de los colaboradores de El problema Kafka, con Joyce y Proust y hasta con Dante, grandes naturalistas de la personalidad, grandes organizadores de la experiencia humana, es, obviamente, completamente absurdo. En cuanto a las implicancias religiosas de esos libros, me parecen prácticamente nulas. Estoy de acuerdo con D. S. Savage, que aporta uno de los ensayos más sensibles de El problema Kafka, en que el problema de Kafka fue que nunca pudo desentenderse del mundo -de su familia, de su trabajo, de su anhelo de la felicidad burguesa- en interés de la revelación divina y en que no puede tenerse un santo o profeta de primer orden sin una fe de un potencial mucho mayor que el que puede sentirse en Kafka.
Hochzeitsvorbereitungen auf dem Lande und andere Prosa aus dem Nachlaß
Su cansancio es el del gladiador después del combate; su trabajo fue blanquear un rincón de una oficina. |
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