Revista La Rana
Una opinión discrepante sobre Kafka (fragmento)
E. Wilson

Classics and Commercials
Farrar, Strauss & Cudahy Inc., 1950

Traducción de Julián Aubrit

Estos últimos dos volúmenes, en el primero de los cuales el editor, Angel Flores, ha reunido cuarenta y un textos de escritores de todas las nacionalidades, saturan al lector y lo dejan estupefacto y dan lugar, finalmente, a la sospecha de que Kafka está siendo considerablemente sobreestimado. Uno se da cuenta de que no es meramente una cuestión de apreciar a Kafka como un poeta que da expresión a las emociones de desamparo y auto-desprecio de los intelectuales sino de elevarlo como un teólogo o un santo que puede también, de alguna manera, justificar para hombres ansiosos y sensibles -o ayudarlos a aceptar sin justificación- los designios de un Dios banal, burocrático e incomprensible. Ahora bien, es una cosa muy distinta nacer, como este escritor, a fines del siglo diecinueve, cuando la estabilidad y el progreso se daban por sentados, que nacer en una época en la que los cambios violentos y los retrocesos parecían las condiciones normales de vida; a pesar de mi admiración por Kafka, me parece imposible tomarlo seriamente como un gran escritor y nunca he dejado de admirarme de la cantidad de personas que lo hacen. Algunos de sus relatos son absolutamente de primer orden, comparables a los de Gogol y a los de Poe. Como los de ellos, son pesadillas realistas que encarnan en un imaginario concreto las manías de los estados neuróticos. Y las novelas de Kafka han explotado una vena de comedia y pathos del esfuerzo fútil que, probablemente, van a hacer de kafkiano una palabra permanente. Pero sus dos novelas, El proceso y El castillo, que se han convertido para los seguidores de Kafka en algo así como textos sagrados, son, después de todo, obras bastante fragmentarias nunca terminadas y nunca realmente trabajadas. Sus temas, hasta donde Kafka había llegado, han sido desarrollados con tan poco rigor que Max Brod, cuando iba a editarlas, se encontró con meros conjuntos de episodios sueltos, que tuvo que juntar lo mejor que pudo para darles una progresión constante, aunque no siempre pudo determinar en qué orden debían ir exactamente. Comparar a Kafka, como hacen algunos de los colaboradores de El problema Kafka, con Joyce y Proust y hasta con Dante, grandes naturalistas de la personalidad, grandes organizadores de la experiencia humana, es, obviamente, completamente absurdo. En cuanto a las implicancias religiosas de esos libros, me parecen prácticamente nulas. Estoy de acuerdo con D. S. Savage, que aporta uno de los ensayos más sensibles de El problema Kafka, en que el problema de Kafka fue que nunca pudo desentenderse del mundo -de su familia, de su trabajo, de su anhelo de la felicidad burguesa- en interés de la revelación divina y en que no puede tenerse un santo o profeta de primer orden sin una fe de un potencial mucho mayor que el que puede sentirse en Kafka.


 

Kafka / Textos Breves

Hochzeitsvorbereitungen auf dem Lande und andere Prosa aus dem Nachlaß
S. Fischer Verlag, 1953

Traducción de Julián Aubrit

Su cansancio es el del gladiador después del combate; su trabajo fue blanquear un rincón de una oficina.

Ninguna gota se derrama y para ninguna gota hay más lugar.

¡Vete, solamente vete! No tienes que decirme adónde me llevas. Dónde está tu mano, ay, en la oscuridad no puedo tocarla. Si sólo sostuviese tu mano, creo, no me rechazarías ¿Me oyes? ¿Estás en la pieza en realidad? Quizás no estás aquí. ¿Qué podría llevarte al hielo y la niebla del norte, donde no pueden imaginarse hombres de ninguna manera? No estás aquí. Has abandonado estas regiones. Pero yo estoy y dudo si estás aquí o no.

¿Qué te perturba? ¿Qué se arranca de la base de tu corazón? ¿Qué es lo que tantea el picaporte de tu puerta? ¿Qué te llama desde la calle y no entra por la puerta abierta? Ay, es precisamente aquel al que molestas, de cuya base del corazón te arrancas, en cuya puerta tanteas el picaporte, al que llamas desde la calle y por cuya puerta abierta no quieres entrar.

Yo estaba indefenso delante de la figura; estaba sentada tranquilamente junto a la mesa y miraba la tabla de la mesa. La rodeé y sentí que me apretaba el cuello. Un tercero me rodeó y sintió que yo le apretaba el cuello. Un cuarto lo rodeó y sintió que le apretaba el cuello. Y así hasta el movimiento de las estrellas y más allá también. Todo siente la garra en el cuello.

Tienes que atravesar la pared con la cabeza. No es difícil atravesarla porque es de papel fino. Pero es difícil no dejarse engañar, porque en el papel ya está pintado muy engañosamente cómo atraviesas la pared. Esto te lleva a decir: ¿no la atravieso continuamente?

No es que estés sepultado en la mina y que la masa de roca te separe, débil individuo, del mundo y de su luz, sino que estás afuera y quieres llegar hasta los que están sepultados y eres impotente frente a las piedras, y el mundo y su luz te vuelven todavía más impotente. Y a cada momento se asfixia el que quieres rescatar, de manera que tienes que trabajar como loco y él nunca se asfixiará, por lo que nunca podrás terminar el trabajo.

Él devora las sobras de su propia mesa; es cierto que así está un poco más satisfecho que todos, pero olvida cómo comer de la mesa; de este modo, sin embargo, se terminan también las sobras.

El suicida es el preso que ve construido en el patio de la cárcel un patíbulo, cree erróneamente que está destinado a él, a la noche se escapa de su celda, baja y se cuelga.

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