El mapa es un fotograma
por Roger A. Koza
Del 22 al 29 de septiembre se llevó a cabo una nueva edición del festival de cine en Hamburgo. Menos importante que "la Berlinale", el discreto aunque poderoso festival de Hamburgo se distingue por su escala humana. No es un evento masivo, como el festival de Toronto o el mismo Cannes, en donde el público tiene que elegir entre 400 películas en una semana y media y predominan los negocios de la industria. El Filmfest, como lo denominan los ciudadanos de Hamburgo, es un festival a la medida de cualquier cinéfilo o curioso espectador dispuesto a ver otro cine, uno capaz, entre otras cosas, de revelarle el mundo contemporáneo en imágenes.
Albert Wiederspiel, el director artístico del festival desde el 2003, es un hombre inteligente y sensible. Su generosa mirada acerca del cine se comprueba en una selección de películas organizada en secciones que van desde el programa oficial, pasando por 'Vitrina' (películas habladas en español o portugués), 'Voilà' (filmes de países tan diversos como Burkina Faso, Túnez, Canadá, Marruecos, etc., cuyo único nexo es lingüístico, el idioma francés), 'Filmszene Hamburg' (películas realizadas en la ciudad de Hamburgo), hasta la sección paralela de cine para niños. En esta oportunidad hubo también una muestra de cine austriaco clásico y el tradicional compendio de películas europeas exitosas en sus respectivos países, sección titulada 'Eurovisuell'. En total unos 113 largometrajes, un número considerable, a pesar de que Wiederspiel prioriza la calidad sobre la cantidad.
El Filmfest no cuenta con una competencia oficial, quizás por eso no posee la trascendencia internacional que merece. No obstante, hay distintos premios que se otorgan a los participantes. En esta edición el premio de la crítica fue para el film iraní Iron Island (Isla de hierro) de Mohammad Rasoulof, un justo y necesario ganador. La elección del público recayó en un film menor pero muy divertido, Adam's Apple (La manzana de Adán), comedia dinamarquesa post-dogma, dirigida por Anders Thomas Jensen, acerca de un neonazi en proceso de reinserción social que pasa sus días en una comunidad cristiana y delirante. El galardón excluyente del Filmfest es el premio Douglas-Sirk. En el 2005 el reconocimiento le correspondió indirectamente a Lars von Trier, pues Zentropa, la productora danesa que dirige junto con Peter Aalbaek Jensen, fue coronada con tal distinción. Jensen recibió su estatuilla citando a Fassbinder y a Herzog como los inspiradores del cine que promueve Zentropa. Inmediatamente después de su discurso se proyectó Manderlay, segundo film de von Trier perteneciente a la trilogía sobre los Estados Unidos. Cinematográficamente anodina, las peripecias de Grace en la tierra de la libertad (ahora sin Kidman) tienen mucho para decir sobre los límites de la democracia liberal. Ligera y humorística, Manderlay es inferior a su antecesora, aunque sus pasajes de lucidez contrarrestan su extensión y su total ausencia de relevancia cinematográfica.
¿Para qué sirven los festivales de cine? ¿Por qué puede ser relevante escribir (o leer) sobre ellos?
Alfred Korzybski acuñó el aforismo "el mapa no es el territorio", una distinción filosófica que intenta separar el lenguaje de la realidad, o cómo el primero debe adecuarse a la segunda. En la década del '90 del siglo pasado se sostuvo lo contrario: el mapa es el territorio. Es decir, no hay un modo de conocer directamente la realidad, pues siempre el acto de conocer es mediado por el lenguaje, un previo simbólico que organiza la percepción respecto de eso que llamamos lo real o el mundo.
Más allá de la discusión filosófica, bien se podría postular: el mapa es el fotograma. En otros términos: el cine es quizás un acceso mecánico y estético al pulso mismo del mundo, un medio de conocimiento en el que se puede ver y constatar el ABC de cómo se organiza el orden simbólico de una sociedad cualquiera. Se trata de una exposición de lo evidente desprotegido de su entramado ordinario, acaso la posibilidad de visualizar lo que se percibe como natural como un abuso ideológico, o cómo la injusticia se normaliza tras el paso del tiempo. Y en ese texto privilegiado llamado cine también se puede divisar las fuerzas psíquicas y sociales en donde algo nuevo, inesperado, quizás revolucionario, puede experimentarse. En ese sentido, un festival de cine es un foro audiovisual, contrapartida de la crónica "a la CNN" y de la narración homogeneizante de Hollywood, en el que el mundo se muestra, en el que se materializan los sueños colectivos de un planeta diverso. En efecto, un festival de cine es un viaje inmóvil por el mundo.
Entre función y función, más otras actividades vinculadas al festival, le pregunto a Wiederspiel, siempre disponible y atento, cuáles son sus tres películas favoritas. Wiederspiel me recomienda un film de Burkina Faso, uno colombiano y uno francés, La moustache (El bigote). La película de Emmanuel Carrère, El bigote, se centra en la vida de un arquitecto, interpretado por el excelente Vincent Lindon, que decide rasurar su bigote tras 10 años de conformar parte de su rostro. El problema es que ni su mujer, ni sus amigos, ni sus compañeros de trabajo perciben el sutil aunque esencial cambio. Tal desconocimiento implica la total desestabilización psíquica del arquitecto que termina huyendo a Hong Kong. El bigote es una comedia lúcida y muy fina sobre la identidad y el modo en el que uno se percibe a sí mismo, aunque también es un retrato indirecto de la alienación cotidiana.
El film de Carrère posee una escena sublime que sintetiza en parte la esencia del cine: Lindon está en su hotel de Hong Kong. Es de noche. En su mano tiene una postal de la ciudad que coincide exactamente con la vista que tiene desde su cuarto. La cámara muestra primero la postal. Lentamente se mueve en un plano subjetivo. Lindon ve por nosotros lo que se representa en la postal: la misma ciudad, la misma posición de observación. El mapa es el fotograma, o ver a través del cine.
La tesis acerca del cine como un fotograma del mundo, o más precisamente, el cine como un lenguaje privilegiado en el que el mundo enuncia su verdad y se revela tiene entre sus apologistas nada menos que a uno de los últimos grandes artistas de la modernidad y del cine: Pier Paolo Pasolini (y en la actualidad al realizador francés Olivier Assayas, quien también concibe al cine como una gramática privilegiada del mundo, y a las películas como síntomas de él). En efecto, Pasolini sostenía en su lúcido y necesario Empirismo herético -libro recientemente publicado por la editorial Brujas de Córdoba y traducido magistralmente por Esteban Nicotra- que el cine era un lenguaje trasnacional. Es igual en Ghana que en Italia -decía-, y su poder político consiste en desarticular el dialecto de la burguesía, la tribu dominante y planetaria incapaz de imaginar al otro, el otro.
Los festivales de cine son laboratorios lingüísticos y audiovisuales en donde se puede aprender el ABC del lenguaje cine-mundo. Es el contrapunto exacto (o la tarea de descodificación) del cine de Hollywood, sucursal metalingüística del inglés. En otras palabras: el mundo narra su historia, hace su crítica y protesta en estructuras narrativas que son ajenas al sistema hegemónico narrativo. Tadao Sato, el excelente crítico japonés y director del prestigioso festival Fukuoka, sostiene que la gracia y el valor del cine iraní consisten, primordialmente, en que no pretende mimetizarse con el cine estadounidense. Tal criterio puede ser aplicado a la hora de pensar la programación de un festival y evaluarla: ¿Cuánto de lo visto se desmarca del ojo imperial de América?
Albert Wiederspiel, quien tiene la última palabra en Hamburgo, lo sabe. De allí que en su introducción al catálogo del festival hace pública la importancia de haber asistido al festival de cine de Burkina Faso. Hay que ver otro cine es el corolario, su directriz estética y política.
El pescador y su mujer, de Dörrie Doris, abrió el festival. La directora de Sabiduría garantizada es una institución en Alemania. Su presencia en el festival daba un toque de glamour, secundada por Alexandra María Lara (la nueva estrella del cine germano, la secretaria de Hitler en La caída). El film es tan bello como trivial, aunque esta historia de amor que comienza en Japón y se desarrolla en Alemania está por arriba del cine que se consume semana a semana en cualquier multiplex. La china Sombras eléctricas, de Xiao Jiang, se emparentaba con una película made in USA. Su tema, la supuesta magia del cine, uno de los tantos títulos herederos de la sobrevaluada Cinema paradiso. Está bien ver cómo en una aldea de mitad de siglo pasado dos niños se formaban existencial y culturalmente a través del cine. Pero la crueldad de la realizadora y su condescendencia respecto del régimen político actual torna a su film como mínimo en sospechoso. Sorpresivamente, Sombras eléctricas parece contar con la aprobación de Tony Rayns, quien aparece en los créditos, un film que poco tiene que ver con el gusto de este gran erudito británico en materia de cine del Lejano Oriente (mucho más interesante fue ver el clasicismo de Cartas de una mujer desconocida de Xu Jinglei, cuya historia de amor se yuxtaponía con la historia de China en una suerte de dialéctica entre el mundo privado y social y su innegable relación). Si bien el modo en que empieza y termina un festival define en parte su identidad, el Filmfest, que en su programación heterogénea ofrece opciones para todos los gustos, poco tiene que ver con sus películas de apertura y cierre.
Las películas que hicieron honor a la tesis de Pasolini fueron muchas. Delwende de Burkina Faso y La noche de la verdad, también de ese país, demostraron ser películas consistentes y sustanciales. La primera se parece un poco a Moolaadé de Sembene. Aquí se incrimina y se acusa de brujería a una mujer madura. Su hija, luego, se enfrenta al poder religioso y misógino de su tribu. Delwende, de Yameogo, entremezcla ficción y realidad, incluso llega a mostrar imágenes de un asilo en donde cientos de mujeres-brujas sobreviven en condiciones inhumanas. ¿Chamanismo? Más una fantasía occidental que una realidad legítima en estos pueblos, al menos si sus poseídos pertenecen al género femenino. La noche de la verdad es un film importante. Su joven directora, Nacro, construye una fábula crítica sobre la lucha entre clanes enfrentados. El título alude al festejo tras una amnistía decretada por sus líderes, aunque amenazada por el resentimiento y la venganza. En otro contexto simbólico y geográfico, la ganadora Isla de hierro también (de)mostró con su metáfora de un barco-isla cómo una gran mayoría de hombres y mujeres subsiste en nuestro mundo bajo la condición de desterrados. Algo que también se podía constatar en uno de los mejores filmes de la muestra, Bashing, de Kobayashi, sin duda una película exigente por su lentitud narrativa y rigor formal, cuya historia basada en un hecho real se circunscribe a contar la historia de una mujer execrada por todo un pueblo marítimo de Japón. Su delito es incomprensible, aunque la acusación comunitaria revela perfectamente algunos rasgos centrales de la mentalidad japonesa. ¿Cómo puede una mujer que trabaja como voluntaria en acciones humanitarias convertirse en ícono de deshonra y vergüenza nacional tras ser secuestrada por los acólitos de Hussein?
Una de las experiencias más interesantes cuando se asiste a un festival en el extranjero es ver cómo un público diverso (y la crítica) interpreta aquellas películas cercanas a la cultura a la que uno pertenece. La única película argentina que se exhibió en Hamburgo fue Después del mar, de Adrián Caetano. El público quedó fascinado por este film minimalista y abstracto que cuenta el encuentro de un músico con una prostituta en un impreciso aunque reconocible sur argentino. Después del mar es un film extraño en la filmografía de Caetano. Basado en una pieza teatral escrita por Gispert y su actriz, Victoria Carreras, el film parece estar en constante tensión respecto a su origen teatral. Como me decía Ciro Guerra, director de La sombra del caminante: "Después del mar será un Caetano apócrifo". Puede ser, aunque se puede verificar la firma de Caetano en algunos experimentos formales que Después del mar propone de tanto en tanto. A propósito de Guerra. Tiene 24 años y su película acaba de ser elegida como representante colombiana para representar a su país en los Oscar. Su opera prima es valiosa aunque despareja, pero de él se puede esperar muchísimo. No obstante, La sombra del caminante provee imágenes de una Colombia moderna y colonial. Uno de los personajes subsiste llevando pasajeros en una silla que acarrea en su espalda. Aparentemente, se trata de una práctica laboral que remite al tiempo pretérito de la conquista, aunque el film sugiere cierta continuidad de aquel orden injusto y humillante en pleno siglo XXI. Guerra, como Caetano, también experimenta bastante. Sus encuadres son ingeniosos, y sin duda el joven realizador adscribe a cierta concepción y tradición del cine que no prioriza la narración como sustancia excluyente del medio.
Cinema, aspirina y urubúes, del brasileño Marcelo Gomes, quizás fue de lo mejor que se pudo ver durante el festival. Una historia menor: durante la segunda guerra mundial un alemán vive en el sertão brasilero pasando cine ambulante, método de seducción para vender sus revolucionarias aspirinas. El alemán cimienta una amistad con un campesino. Cuando Brasil le declara la guerra a Alemania, el extranjero deviene en enemigo; tiene que huir o esconderse. El film de Gomes, producido por Karim Ainouz, el director de Madame Sata, nada tiene que ver con el cine de Salles (Estación central) y Meirelles (Ciudad de Dios), pretextos para hacer carrera en Hollywood. Algunos pasajes de Cinema, aspirina y urubúes son extraordinarios. El film empieza y concluye con un poético fundido en blanco. Hay un trabajo minucioso sobre la luz del film, y una dirección de actores sobresaliente. La construcción de la escena en la que los dos personajes principales se despiden es un ejemplo de cómo las mejores emociones en el cine se producen cuando se elige el gesto sobrio pero exacto. Nada de música, nada de primeros planos. Esta meditación sobre la naturaleza de la violencia y la amistad entre hombres de distintas culturas es un patrón auténtico de conducta universal. El mismo que explora Zona libre de Gitai, Ahora el paraíso de Assad, y Janen, Janen de Bouzaglo, películas que hablaron sobre nuestro mundo en una ciudad bellísima como Hamburgo, en un país admirable como Alemania, en donde la socialdemocracia cuestionada o a punto de ser traicionada por sus dirigentes es todavía el vestigio de un estilo de vida justo y libre.
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