Revista La Rana
Los enemigos
por Roger A. Koza

luminados por el fuergo
Argentina, 2005
Dirigida por Tristán Bauer.
Escrita por Miguel Bonasso, Edgardo Esteban, Gustavo Romero Borri y T. Bauer.

** Interesante

El celebrado y premiado film de Bauer provoca la simpatía visceral de quien subscribe a una concepción específica de lo nacional y su concomitante noción de soberanía, de lo que se predica una difusa prohibición a pensar sus contradicciones y ostensibles debilidades.

En un bellísimo ensayo sobre lo utópico en el Este y el Oeste, Susan Buck-Moss sostiene en Mundo soñado y catástrofe que el acto de identificar al enemigo es el acto de soberanía y es, de hecho, el acto político por excelencia. También afirma que definir al enemigo es, de forma simultánea, definir al colectivo.
A pesar de su coeficiente intelectual minusválido y de su ostensible dipsomanía, la maniobra intelectual de Galtieri y los suyos, a principios de abril de 1982, fue la de constituir (y reinventar) un (viejo) enemigo político de tal modo que la dolorosa fragmentación de lo colectivo nacional se dispersara mágicamente ante la retórica del antiimperialismo y el fervor patriótico. Identificar este ardid sociológico y problematizar esta estrategia canalla por parte del gobierno antidemocrático de aquel entonces es precisamente lo que Iluminados por el fuego nunca llegar a profundizar, aunque difusamente sí intuye.
Políticamente inocuo y cinematográficamente correcto, el honesto film de Tristán Bauer es valioso por su humanismo raso y elemental, que le otorga visibilidad a los veteranos de guerra. En efecto, 1982 no es un tiempo pretérito; su encadenamiento con el presente se predica a partir de los suicidios de los excombatientes, un síntoma social más que un signo de tragedia personal. De esta premisa sociológica, Iluminados por el fuego, construye su relato que oscila entre un presente cercano al 2001 e imágenes de combate en las Islas Malvinas. El personaje de Pauls, conmovido por el intento de suicidio de un compañero de batalla, revisita su trauma obliterado, episodio psíquico e histórico que condiciona secretamente su vida. De lo que se trata, finalmente, es de volver a Malvinas, física y simbólicamente. Regresar para partir. Rememorar para conjurar.
Iluminados por el fuego, inspirada en el libro escrito por Edgardo Esteban de título homónimo, se estrena en un tiempo histórico en el que el discurso nacionalista experimenta una reivindicación generalizada. La argentinidad, esté o no al palo, se festeja acríticamente semana a semana, pues la identidad colectiva y el destino común de quienes vivimos en un mismo territorio no deja de reverberar en acontecimientos recientes que desestabilizaron el orden simbólico y económico (quizás ello justifica el inicio del film en plena crisis del 2001). En ese sentido, la impotencia política de Iluminados por el fuego, su falta de coraje, consiste en no saber desmarcarse de un lugar común que obliga a combinar los problemas de soberanía y patriotismo sustancialista -aquí, lógicamente, expresados en la supuesta recuperación legítima de las islas- con un proyecto colectivo capaz de organizar la voluntad del conjunto de los argentinos en una historia posible caracterizada por mayor justicia y equidad. En efecto, la lucha contra el imperialismo excede la noción de derecho territorial. Odiar a Margaret dama de hierro Thatcher es mucho más sencillo que cuestionar la americanización del mundo, un estilo de vida naturalizado, una cuestión urgente de soberanía, si se quiere. Dilucidar, a pesar de su importancia política, si las islas Malvinas son o no argentinas, puede ser secundario, pues el imperialismo hoy transcurre en una nueva frontera, la de la subjetividad singular y colectiva, el espacio simbólico en donde puede nacer la insurrección como también decretarse la total obediencia a un sistema social y político llamado capitalismo.
Algunos críticos han señalado que Iluminados por el fuego es un muy buen film bélico, e incluso no faltaron quienes compararon el film de Bauer con cualquier relato cinematográfico inspirado en la guerra de Vietnam. Semejante enunciado no deja de ser sospechoso, ya que implica pensar y juzgar la eficacia de Iluminados por el fuego en función de elevar como criterio del género la versión estadounidense del mismo. Quizás, al ser Vietnam un punto de inflexión militar de los Estados Unidos, su primer capitulación castrense, se cree que Malvinas, por sus efectos psíquicos en sus soldados y por su constatable derrota para el ejército argentino, es una buena elección y medida para cotejar los logros del film. Puede ser.
Sea como fuere, la mayoría de los films bélicos que valen la pena, más allá de la maestría cinematográfica que detenten, son aquellos que sugieren que la única victoria en una guerra se circunscribe al mero hecho de sobrevivir. Aquí se peleó en una guerra cuya función política era pacificar las tensiones internas de una población dividida, la argentina, y con ello, perversamente, diluir el antagonismo social en aras de un régimen totalitario que gozó de la simpatía del pueblo, tras señalar al archiconocido enemigo inglés. Las Malvinas como excusa de legitimar una dictadura. Las Malvinas como ejercicio de terror por parte de un Estado tomado, con sus involuntarios soldados al servicio de la perpetuación indigna de una razón de Estado representativa de unos pocos en el nombre de todos. Iluminados por el fuego deja entrever confusamente tal manipulación colectiva. La escena en la que un superior está más preocupado por su radio grabador que por la retirada de su tropa representa bien el vínculo entre conscriptos y superiores, uno constituido por un estado de guerra diferido ante un enemigo vetusto alguna vez derrotado con ollas de aguas hirviendo. Sin embargo, minutos después, Bauer compone una escena en la que un militar de mando interpretado por Leyrado contextualiza el fracaso en el tiempo, y por ello reconvierte la ostensible capitulación en heroísmo futuro.
El epílogo de Iluminados por el fuego demarca su debilidad como su honestidad. Cinematográficamente, el conjunto del film es correcto, aunque sus escenas de combate, calificadas de notables, a mi entender, son confusas, y no porque expresan o formalizan la psicología de los soldados. Sin embargo, tanto estas escenas como la visita de Pauls a Malvinas están orientadas a dignificar a los excombatientes. La intención es válida, necesaria, aunque se excede en reiteradas ocasiones en producir un tipo de emotividad difusa que yuxtapone el reconocimiento al solado con su causa. La derrota de Malvinas es la derrota infame de los conscriptos en el deseo de vivir. Iluminados por el fuego los revive, y en ese sentido son ellos quienes tienen la última palabra.

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