El edukador
por Ignacio Barbeito
Sartre afirmaba que la literatura envejecía con el paso de los años. Las obras literarias -y Sartre pensaba sobre todo en las novelas- caducan junto con la sociedad en la que fueron escritas. Así, la medida de la vigencia de una obra literaria era entendida como equivalencia de sus efectos desestabilizadores sobre un público masivo. Se trata de un supuesto difícil de conciliar, cuando no irreconciliable, con el Canon y la Biblioteca. En literatura, pareciera decir Sartre, nada merece ser preservado si no contribuye a poner a cada hombre contra sí mismo. De esta manera, la obra literaria está subordinada a la exigencia de la eficacia comunicativa y no debe ser concebida de otra manera que como el vehículo de una revelación.
En Las palabras (1963), al rememorar el sentido que asignó en su infancia a la decisión de convertirse en escritor, Sartre confiesa su error: "Se escribe para sus vecinos o para Dios. Yo tomé el partido de escribir para Dios con la intención de salvar a mis vecinos". Involucrándose por completo en esta empresa, todas sus fuerzas habrían de someterse a la misión de escribir, día tras día, una página inmortal que, en calidad de ofrenda, redimiese a la humanidad de su miseria. El éxito de la tarea dependía de dos condiciones: "que se conservasen en locales vigilados las reliquias -telas, libros, estatuas- de los clérigos muertos; que quedase un clérigo vivo por lo menos para seguir la labor y fabricar las reliquias futuras". El niño Sartre estaba dispuesto a oficiar el sacerdocio propio del hombre letrado y bendecir la Biblioteca con un volumen de su autoría: "No quería lectores sino agradecidos. El desprecio corrompía mi generosidad". Atenuando la severidad del reproche hacia su ingenuidad, Sartre señala el papel que cumplió el canto embaucador de las palabras al hacerle confundir el lenguaje con el mundo, los signos con los objetos, las palabras con las cosas: "Existir era poseer una denominación controlada en alguna parte de las Tablas infinitas del Verbo".
Más tarde se le ocurrirá a Sartre la idea de escribir para ser leído, es decir, de escribir para los vecinos. Un breve texto de 1939 permite perfilar el espacio en el que habrá que pensar la literatura y la actividad del escritor; subrayando, a partir del concepto husserliano de intencionalidad, que la condición para la existencia de la conciencia es que ésta sea conciencia de otra cosa distinta de ella, Sartre concluye: "No nos encontraremos a nosotros mismos en una retirada, sino en la carretera, en el pueblo, en medio de la multitud, una cosa entre las cosas, un hombre entre los hombres". Escribir en la calle, en los cafés y en las tabernas, allí donde se hacen más patentes las relaciones que dan su ser a la conciencia. Como quería Nietzsche, sólo escribir aquellos pensamientos que se presentan cuando se está andando. El existencialismo es un vitalismo, pero un vitalismo urbano que no encuentra nada en la naturaleza. ¿Frases? Sí, siempre y cuando hayan sido vividas.
La literatura habrá de devolver a los hombres una imagen de sí mismos y de sus propias palabras, de tal modo que no puedan ignorarlas: "escribir -dice en 1948- es pedir al lector que haga pasar a la existencia objetiva la revelación que yo he emprendido por medio del lenguaje". La literatura como una máquina de visión y el escritor como un pintor de "situaciones": cada situación es un retrato que revela a los lectores algo de sí mismos y de su propio tiempo, pero también la universalidad del género humano involucrada en ese concreto histórico. De esta manera, la literatura es pensada no tanto como una función social -en el sentido de un artefacto que contribuye al sostenimiento y consolidación de las relaciones existentes, proporcionando placer, consuelo o admiración- sino como una constelación reflexiva en el seno de la sociedad: "la literatura es, por esencia, la subjetividad de una sociedad en revolución permanente". Es cierto, Sartre insiste a menudo en la "función" del escritor y de la literatura; sin embargo, simultáneamente, enuncia la parte maldita que representa este tipo de funcionalidad. Repudia tanto el "utilitarismo burgués" como el "utilitarismo comunista" pero, igualmente, juzga completamente impropia la definición kantiana, aplicada a la obra de arte, de "finalidad sin fin". El conjunto de estas nervaduras otorga su impronta a la famosa "teoría" sartreana del compromiso, conservada hoy en el baúl de los trastos crítico-filosóficos en calidad de exponente de antigua vanguardia del mal gusto y, en ocasiones, vagamente aludida por los proyectos de algunos equipos de extensión universitaria.
Muy poco tiempo después de la muerte de Sartre, Juan José Saer escribió un artículo para Punto de vista en el que recuerda, señalando la ignorancia en la que se sostenía, la sentencia de Borges: "hablar de literatura comprometida sería como hablar de equitación protestante". La ignorancia consiste en suponer que la literatura comprometida representa el intento de subordinar las técnicas de la composición literaria a la reforma social. Si así fuese, el rechazo de una literatura comprometida estaría bien fundado, ya que sería justo reprochar que mediante la aplicación de tal imperativo desaparecería la literatura y la posibilidad de la reforma social. ¿Cómo precipitar los cambios con un puñado de destrezas para construir simulacros?
Es cierto que Sartre parece abonar en sus textos el dominio de tales interpretaciones: "debemos militar en nuestros escritos en favor de la libertad de la persona y de la revolución socialista" o "la prosa no es nunca más que el instrumento de una determinada empresa". Y no sólo sus escritos: Sartre, filósofo, novelista y dramaturgo, en las calles, manifestando, expresando su solidaridad con tales o cuales grupos, con tales o cuales causas: ¿Cabe suponer por un instante que pueda aceptar una vida dedicada a la contemplación de lo Verdadero, lo Bello y lo Bueno cuando el noventa por ciento de los negros del sur -escribe Sartre a propósito del escritor norteamericano Richard Wright?- está privado del derecho de voto?" No hay otro hombre de letras al que se adhiera mejor la etiqueta "intelectual comprometido", aun cuando las causas abrazadas por ese compromiso se acercasen, a veces, a la complicidad criminal. Las interpretaciones a las que se alude encuentran aún más respaldo cuando se percatan de las evidentes pretensiones hegemónicas del discurso filosófico: la literatura se convierte en forma de expresión secundaria -así lo entiende, por ejemplo John Weightman- para una filosofía que la utiliza con el propósito de amplificar su voz y extender los alcances de su mando. En este sentido, toda la obra de ficción de Sartre es leída como una muestra o vulgarización de su filosofía. Bernard-Henri Lévy concede su parte de verdad a esta forma de comprender el significado del compromiso sartreano; se trata de un compromiso que primero encarrila y finalmente aniquila la literatura. Sin embargo, Lévy no sólo afirma que los méritos exclusivamente literarios de Sartre son sobresalientes sino que, además, exige volver la vista a la otra teoría sartriana del compromiso.
En una entrevista de 1965, Sartre elidía, como en otras tantas oportunidades, la subordinación de la literatura que le atribuían algunos de sus críticos: "para mí, la verdadera literatura, comienza ahí donde la filosofía se detiene". Pero además, Sartre nunca entendió el compromiso como un elemento externo que viniera a añadirse a la literatura con el propósito de darle un contenido y una finalidad práctica. Concebía, antes que nada, que la literatura estaba comprometida de antemano con su época. Estaba comprometida por su lengua y por aquello que devolvía a los hombres de su tiempo: un retrato hecho de palabras, filosas, provocadoras o revulsivas, palabras cortesanas, complacientes o piadosas: "el prosista -Sartre excluyó a la poesía de la literatura, colocándola a la par de la escultura, la música y la pintura- es un hombre que ha elegido cierto modo de acción secundaria que podría ser llamada acción por revelación". El prosista, escribía Sastre, es un hablador y "hablar es actuar: toda cosa que se nombra ya no es completamente la misma". No hay alternativa al compromiso. Escribir es comprometerse y la literatura, aun cuando pueda reclamar y le sea reconocida una autonomía respecto de otras formas de discurso, jamás será inocente. No hay inocencia posible así como no hay conciencia que pueda resistir la violación perpetrada por la materialidad testaruda de las cosas. Y la palabra literaria tiene la consistencia de esas cosas, es una piedra lanzada a los hombres. Quien toma la palabra empuña un arma: el que habla, tira. En literatura cabe la ingenuidad como cabe manipular un arma cargada sin saber cómo manejarla. La ingenuidad es negligencia.
Sartre podría encarnar a la perfección el papel que la novela de Kojève, La dialéctica del amo y del esclavo en Hegel, mostraba como verdaderamente interesante, es decir, el papel del nihilista que queda con vida. Un nihilista coherente se suicidaría. Sartre parece dar curso continuo al suicidio de sus convicciones, pero siempre hay algo que sobrevive, algo inasible que nunca alcanza a definir o que no cree posible constreñir a los límites de una definición. No hay una idea precisa del bien moral que sirva de baremo a los posibles compromisos. Hay que comprometerse contra todas las injusticias, escribe, pero nada nos ofrece el rostro de la justicia. Es un racionalista pero, como supo indicarlo Iris Murdoch, se encontró sin los materiales que le permitiesen construir un sistema capaz de sostener y justificar los valores que defendía. "El escritor -precisaba Saer en homenaje a Sartre- no es un tenor que vocaliza generalidades en un escenario bien iluminado, sino un hombre semiciego que trata de ver claro en la negrura de la historia". Nadie, después de Sartre, pudo dar un paso filosóficamente más relevante que el de su nihilismo incoherente. Ningún escritor, después de Sartre, podrá reclamar inocencia.
 
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