Lo bello y lo cruel
por Roger A. Koza
Primavera, verano, otoño, invierno... y otra vez primavera / Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom
Corea del Sur, 2003
Escrita y dirigida por Kim Ki Duk.
** Interesante
El primer film estrenado comercialmente de Kim ki Duk, estrella festivalera del cine oriental en Occidente, es un test sobre cómo poder pensar las imágenes cuando éstas son excesivamente bellas.
Cada tanto la fantasía se repite: Oriente posee la respuesta, el tesoro espiritual que nuestra civilización decadente y materialista ha sistemáticamente devastado. Una mirada desatenta puede ver en Primavera, verano, otoño, invierno... y otra vez primavera, el film perfecto para confirmar el deseo de una vida en consonancia con los ritmos de la naturaleza. Sin embargo esta fábula budista es más compleja y paradójica de lo que parece, pues su formalismo excelso y su belleza incuestionable se combinan con una crueldad y un sadismo impensables para los acólitos de Gautama.
Cíclica como la rueda del karma, Kim, quien interpreta además el monje adulto al que se lo ve practicando una imprecisa arte marcial, ha construido una película circular, coherente con la cosmología de su historia: el eterno retorno; allí donde se comienza, allí es donde se termina, aunque circular por la existencia implique algún tipo de iluminación específica, incluso la eventual realización de la naturaleza búdica.
En una suerte de monasterio flotante conviven un niño-monje y su maestro. Podría ser el siglo XVII, pero la propia narración probará que son nuestros contemporáneos. Si el niño es vehículo de inocencia y crueldad al mismo tiempo, el film seguirá el crecimiento del pequeño hasta convertirse en un hombre, un desarrollo no exento de contradicciones: la virtud ascética en pugna con el deseo sexual, la meditación contrapuesta a la violencia. En suma, la rectitud es la plusvalía de un ejercicio sádico de purificación del yo sobre sí mismo. ¿Cómo interpretar, sino, la lección a golpes y su posterior tormento físico propiciado por el maestro al joven monje que permanece colgado y sufriente debido a que ha "perdido" a su enamorada? También véase el pasaje sacrificial y purificatorio en donde el monje asciende a la cima de la montaña con una piedra atada en su espalda tras la búsqueda de su propia redención, escena que remite a De Niro arrastrando su pasado en forma de hojalata en La misión de Joffe (aunque una extraña similitud puede establecerse con otro film perversamente cristiano: Dogville de Von Trier, con el que comparte el castigo de la piedra y una construcción del espacio doméstico en donde no existen paredes reales aunque sí imaginarias; dicho sea de paso, Kim ha sido criado como cristiano y no como budista).
En verdad, la espiritualidad del film yace en su estética y en la concepción de la naturaleza como expresión de una filosofía que prioriza la impermanencia de las cosas, cuyo correlato práctico es una infinita compasión por cada ser viviente. De hecho, la mayoría de los ritos y prácticas espirituales que se ven en el film no corresponden a ninguna práctica budista ortodoxa, mas sí expresan un temple filosófico constatable en esa tradición pluralista y adaptable que es el budismo. Un ejemplo notable es toda la secuencia en donde el maestro, el joven monje, y dos policías tallan y pintan un conjunto de sentencias poéticas en el piso del monasterio flotante. La cola de un gato como pincel es una elección arbitraria de Kim, aunque bien demuestra cierto orden de continuidad entre la belleza de la naturaleza y la belleza producida por el arte. El policía sintiendo ternura por su detenido es prueba de los efectos de una meditación dinámica como la pintura, pero también es la exposición de un principio ético general: una clemencia universal por toda criatura sufriente. Sólo la prescripción de recitar en silencio el sutra del corazón para conjurar la iracundia del monje es estrictamente canónico.
Cinematográficamente, Kim es un avezado formalista. Los encuadres son prodigiosos, los movimientos de cámaras son virtuosos. Véase los distintos puntos de vistas que elige para construir la escena en donde el joven monje enamorado espía a su futura prometida, aunque la estatua de Buda reposando en la cima de la montaña, en un justificado uso de la profundidad de campo, es quizás el encuadre más excelso del conjunto de elecciones estéticas que ofrece Primavera, verano, otoño, invierno... y otra vez primavera.
A diferencia de la excelente Dirección desconocida y la intensa Chico Malo, Kim como en su celebrado film La isla abandona los efectos sombríos de la triste historia de Corea del Sur sobre el psiquismo de sus personajes y se circunscribe a los instintos primitivos de éstos. El examen aquí está sujeto a una visión filosófica que no repara en la historia, incluso la desestima. No hay progreso, hay regreso; no hay telos, hay ciclos, como el mismo título sugiere. A fin de cuentas, el budismo es una finta discreta y heroica a desentenderse del mundo. La historia como tal es el karma colectivo que un iluminado debe superar.
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