La escalera y el hombre
por Ignacio Barbeito
Las cosas superfluas de la vida (Des Lebens Überfluss) es el título de una novela breve escrita por Ludwig Tieck en 1838 en la que se narran las vicisitudes de una pareja de amantes que, refugiados en una pieza del segundo piso de una casa emplazada en los suburbios de una gran capital europea y sumidos en la más absoluta pobreza, procuran encontrar recursos para alimentar la estufa que los protege de un invierno despiadado. Para Enrique y Clara, tal el nombre de los amantes, el amor que se tienen es lo único que merece conservarse. Ese amor es para ellos la verdadera razón de su existencia, un amor ante el cual todas las cosas y todas las relaciones comparecen en calidad de prescindibles. Por eso no dudarán en sacrificar a las llamas la escalera que comunica su departamento con el resto de la casa y, en definitiva, con el mundo. Pensando en el inevitable reproche del mezquino dueño de casa y aceptando la imposibilidad de llegar a un entendimiento, Enrique le dice a Clara: "Él quiere apoyarse en la vieja experiencia de la baranda y al mismo tiempo subir pausadamente por un escalón tras otro para llegar a la altura de la comprensión; nunca sería capaz de aceptar nuestra contemplación inmediata (.)"
El conjunto de las oposiciones que sostienen el relato se sugiere de manera tan evidente que la destrucción de la escalera no se deja interpretar sin más como rechazo de la experiencia, al modo de Agamben en Infancia e historia, sino que exige ser pensada como afirmación de una comunión originaria que, al igual que un siglo después, se estará dispuesto a defender "hasta la última gota de sangre".
No sólo opone Tieck el egoísmo burgués a la generosidad aristocrática, la opinión a la verdad, el individuo al Estado y lo bajo a lo alto mostrando siempre la superioridad del segundo de los términos; también, y por sobre cualquier otro contraste, opone la experiencia segura y metódica -a la que, a pesar de moderna califica de vieja- a una experiencia más auténtica, una experiencia de desdelimitación e inmediatez, una experiencia que ha de ser nombrada de otra manera: se trata de la Erlebnis ("vivencia" en la traducción de Ortega y Gasset), término que Tieck es uno de los primeros en emplear antes de su generalización en los años 70. En este sentido, Clara reprocha al filósofo su incapacidad de tener una vivencia verdadera y a las totalizaciones de la filosofía su carencia de vivacidad: "(.) el pensamiento acertado debe ser también uno vivo".
La concepción de la vida como sueño poético alienta en Tieck una impugnación de la razón y de su soberanía sobre la experiencia, que fue retratada por la pluma socarrona de Heinrich Heine: "Hoy está entablada una singular discordia entre la razón y la imaginación de Tieck. La primera, la razón de Tieck, es un honrado burgués sobrio, que respeta la economía y el orden, y que no quiere oír hablar de entusiasmos; pero la otra, su imaginación, continúa siendo la mujer caballeresca de flotantes plumas y de halcón en mano. Estas dos criaturas forman una curiosa unión, y apena a veces ver a la pobre noble dama obligada a servir a su burgués esposo y a ayudarle a vender en la tienda manteca y queso. Pero a veces por la noche, cuando el buen hombre ronca apaciblemente con la cabeza metida en un gorro de algodón, la noble dama se levanta silenciosamente de su lecho de miseria conyugal, monta en su blanca jaca y corre a cazar alegremente, como en otros tiempos, a la selva encantada del romanticismo".
Tieck anhela y exalta, a través del amor de Enrique y Clara, la eternidad de la escena mítica, aquélla en la cual los hombres no usaban de la lengua como medio para sus intercambios sino que eran reunidos por ella en una fraternidad que llevaba la impronta de lo sagrado. Pero concediendo algo de verdad al duro realismo del tendero, asume finalmente la imposibilidad de vivir sin escalera. Sólo que en su lugar cifrará sus esperanzas de restauración en aquello a lo que Sloterdijk llamaría "humanismo de lectura gozosa", es decir, la lectura concebida como vínculo telecomunicativo domesticador y los libros como cartas fundadoras de amistad. De ahí que hacia el final del relato, cuando la barbarie parece a punto de arrebatar su paraíso a los amantes, Enrique recibe nuevamente, tras la inesperada llegada de su viejo y rico amigo Valdelmeer, el mismo obsequio que hubo de vender para sostener su vita contemplativa, la edición príncipe de los Canterbury Tales. Las notas de Enrique en la primera página del libro habían permitido que, tras un casual hallazgo, Valdelmeer diera con el paradero de su amigo. Valdelmeer entrega entonces su regalo diciendo: "Recíbelo pues, por segunda vez, y venéralo porque este libro es, por un milagro, la escalera que nos ha vuelto a reunir".
Idéntico milagro es también el que esperan los últimos hombres, aquellos que, parapetándose ante lo que conciben como vulgaridad y resentimiento de su época, añoran los tiempos del mito del Hombre mientras ven consumirse su nervadura en ingentes ríos de lava genéticamente modificada.
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