ET go home
por Roger A. Koza
La guerra de los mundos
Estados Unidos, 2005
Dirigida por Steven Spielberg. Escrita por Joseph Friedman y David Koepp
** Interesante
La nueva película de Steven Spielberg es un blockbuster impecable no exento de connotaciones históricas de gran relevancia, aunque su garantizado entretenimiento no va acompañado por una meditación a la altura de las circunstancias.
El filósofo Theodor Adorno señaló: quien imagina una catástrofe de algún modo la desea. Sea como fuere, La guerra de los mundos es el fin de un extenso duelo, y la disolución cabal de una interdicción política: asumir y representar cinematográficamente la estética del 11 de septiembre.
En las antípodas de Encuentros cercanos del tercer tipo, una iniciación pop a la nueva era, la segunda adaptación del libro escrito por Wells a la pantalla grande es probablemente una instrucción diferida a los misterios de la Cientología. El esoterismo puede concebir tanto alienígenas benévolos a la medida de un Cristo, como criaturas envidiosas y malvadas dignas del patrocinio de Lucifer. Que el creador de la Cientología, Ron Hubbard, haya sido primero un novelista de ciencia ficción antes que el fundador de una religión heterodoxa, no es un dato circunstancial. Y qué decir sobre la militancia de veinte años de Tom Cruise, productor y protagonista del film, en este (o)culto(ismo) sofisticado. ¿Un film dianético?
Al igual que en el relato cosmológico de Hubbard, una legión de extraterrestres ha estado por siglos en la tierra. Nos observan, nos envidian, dice la voz de James Earl Death Vader Jones. Quizás también preparan un exterminio. Y en los ojos de Cruise y sus hijos, miembros de una familia divida, vemos el periplo de la humanidad en su lucha por la supervivencia. Una pesadilla civilizatoria, una guerra entre especies intergalácticas.
Menos política que Sentencia previa y muy lejos de la complejidad filosófica de Inteligencia artificial, La guerra de los mundos transmite un horror visceral que poco tiene de imaginario, pues aquí se está elaborando un trauma conocido aunque no superado. No se trata de hipotéticos trastornos ecológicos y moralejas concomitantes acerca de los límites de la manipulación científica como en Jurassic Park. Los aviones caídos, la estética del polvo, los avisos con fotos de desaparecidos remiten a las torres gemelas y su destrucción reciente. Papá, ¿son terroristas?
Que el agresor sea orgánica y radicalmente otro no mitiga la construcción del árabe como un sujeto inconmensurable. Después de todo, los marcianos de turno reconocen una bicicleta mientras que Cruise, su hija, y Tim Robbins, un paranoico prototípico de un filme sobre Vietnam, se refugian en un sótano. ¿Vieron ET?
Spielberg es indiscutiblemente un maestro. Su gramática cinematográfica prevalece sobre cualquier firulete digital. La contundencia del terror poco depende de las delicias de un software capaz de representar cualquier fantasía en la mente del realizador. Son los encuadres, los travellings, los planos secuencia magistrales, lo que precipita un pavor mudo y primitivo en quien mira. Véase, por ejemplo, toda la secuencia en que Cruise y sus hijos huyen en automóvil de la ciudad. O los cadáveres flotando en el fluir del río. ¿No es espantoso ver cómo una horda de sobrevivientes intenta apoderarse del único auto que funciona? Escena que postula una ética colectiva ante la desesperación, cuyo contraste dialéctico se puede divisar en el momento en el que Cruise es absorbido por una vulva gigante de una nave espacial y el resto de los seres humanos en cautiverio lo asisten en su rescate. He aquí una singularidad de La guerra de los mundos. Los filmes hollywoodenses del género catástrofe suelen retratar las fatalidades como un instante privilegiado en el que la naturaleza humana deviene primariamente solidaria, concepción práctica que se predica de una filosofía moral arraigada en una tradición específica, el utilitarismo anglosajón. Spielberg elude la simplificación, y si existe tal cosa como una naturaleza humana, ésta connota rasgos egoístas como altruistas.
A pesar de que las connotaciones esotéricas de La guerra de los mundos son indirectas aunque verificables, Spielberg, a diferencia de Shyamalan en Señales, no desarrolla una apología de la fe, aunque sí apuesta a una discreta noción de la unidad familiar. La comparación con el director de Señales bien se justifica para apuntar diferencias estilísticas y competencias respecto del medio. Los dos cineastas utilizan el encuadre como un procedimiento de rarefacción de lo cotidiano. Nótese las diferentes tomas al ras del suelo que tanto en Señales como en La guerra los mundos constituyen una realidad diegética particular subordinada a preparar la devastación que se anuncia. El terror, en efecto, consiste en desmantelar los puntos de referencias cotidianos. Si Shyamalan aprovecha enteramente el espacio reducido y comprime así el espanto a un perímetro circunscrito a la intimidad, de tal modo que la desgracia colectiva se restringe a un forzado fuera de campo, Spielberg expande y explicita el estremecimiento al orden de lo multitudinario. La ambición del realizador de Tiburón está a la altura de su técnica. La otra diferencia es política: el director de origen indio es un conservador inteligente; el realizador de origen judío es un liberal conformista.
Cuando Orson Welles, el 30 de octubre de 1938, interpretaba la versión literaria de La guerra de los mundos de H. G Wells, se descubría el vínculo entre la ficción y la realidad en la era de las comunicaciones. Una lectura radiofónica impulsaba y provocaba involuntariamente histeria y pánico colectivo. Fenómeno sociológico sin precedentes, y un nuevo capítulo de cómo la ficción escribe, inventa y se retroalimenta de la realidad, enigmática circularidad hermenéutica. Unas siete décadas después, se advierte la evolución de este proceso interactivo en donde la ficción y lo real ya comparten una zona de vecindad.
A veces las películas anticipan la historia. Otras, la realidad histórica posee rasgos propios de una ficción tan fantástica como los que hoy se pueden observar en una película de catástrofes. Mientras que Batman inicia de Christopher Nolan materializa un envenenamiento psicótico en una imaginaria ciudad Gótica muy parecida a Nueva York, una versión del pánico en su máxima pureza, La guerra de los mundos incorpora elementos recientes de la historia universal. El espectáculo y el consumo de la destrucción están al orden del día. Un síntoma que regresa y se repite, pues la patología social que lo estimula permanece inadvertida.
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