Revista La Rana
LAS ESPOSAS DE LOS MUERTOS
por N. Hawthorne


Traducción de Hernán Arias y Julián Aubrit

La siguiente historia, cuyos simples y domésticos acontecimientos pueden ser juzgados apenas dignos de relatar, después de semejante lapso de tiempo, despertó algún grado de interés, cien años atrás, en un puerto principal de Bay Province. El lluvioso crepúsculo de un día de otoño, una sala en el primer piso de una casa pequeña, sencillamente amoblada, como correspondía a la mediana posición de sus habitantes, sin embargo adornada con pequeños objetos curiosos de ultramar, y unos pocos delicados especimenes de la manufactura indígena, son los únicos detalles que han de ser considerados en relación con la escena y la estación. Dos mujeres jóvenes y hermosas estaban sentadas junto al hogar, consolándose de sus mutuas penas singulares. Estaban recién casadas con dos hermanos,un marinero y un campesino, y dos días sucesivos habían traído la muerte de cada uno, por los vaivenes del estado de guerra en Canadá y del tempestuoso Atlántico. La compasión universal provocada por estas muertes atrajo numerosas visitas de condolencia a la habitación de las hermanas viudas. Varios, entre los que estaba el ministro, se habían quedado hasta la caída de la tarde, cuando, uno tras otro, murmurando muchos pasajes reconfortantes de la Escritura que eran respondidos por abundantes lágrimas, se despidieron y partieron a sus propios y más felices hogares. Las dolientes, aunque, no insensibles a la bondad de sus amigos, habían deseado quedarse solas. Unidas, como habían estado, por su relación con los vivos, y ahora más estrechamente por la relación con los muertos, cada una sintió como si todo consuelo que admitiera su pesar debiera ser encontrado en el pecho de la otra. Unieron sus corazones, y lloraron juntas silenciosamente. Pero después de una hora de tal desahogo, una de las hermanas, en la que todas las emociones estaban influenciadas por su carácter suave, silencioso, pero no débil, empezó a recordar los preceptos de resignación y entereza que la devoción le había enseñado, cuando no pensó que los necesitaría. Su desgracia, por otro lado, cuanto antes fuera conocida, antes debería dejar de perturbar en el curso regular de sus obligaciones; por consiguiente, habiendo colocado la mesa delante del fuego, y preparado una comida frugal, tomó la mano de su compañera.
-Ven, querida hermana; no has comido un bocado hoy -dijo- Levántate, te lo ruego, pidamos una bendición por aquello que nos es provisto.
Su cuñada era de un temperamento vivo e irritable, y las primeras punzadas de su dolor habían sido expresadas por gritos y vehementes lamentos. Ahora se apartó de las palabras de Mary, como lo hace un herido de la mano que reaviva el dolor.
-¡No queda bendición para mí, ni pediré por ella! -gritó Margaret, con un nuevo estallido de lágrimas- ¡Ojalá su voluntad fuera que yo nunca más probara comida!
Sin embargo, tembló por esas expresiones rebeldes, casi en el mismo momento que las dijo, y, gradualmente, Mary consiguió llevar el estado de ánimo de su hermana más cerca de su propia situación. El tiempo pasó, y su habitual hora de reposo llegó. Los hermanos y sus esposas, iniciando el estado matrimonial no más que con los escasos medios que entonces aprobaban un paso semejante, se habían confederado en una única vivienda con iguales derechos sobre la sala, y reservándose derechos exclusivos en los dos dormitorios contiguos. Ahí se retiraron las viudas, después de amontonar las cenizas sobre las moribundas brazas del fuego, y de poner una lámpara encendida en el hogar. Las puertas de ambas habitaciones estaban abiertas, de modo que una parte del interior de cada una, y las camas, con sus cortinas abiertas, eran recíprocamente visibles. El sueño no sorprendió a las hermanas en el mismo momento. Mary experimentó el efecto que a menudo sigue al duelo sobrellevado en silencio, y pronto cayó en una amnesia temporaria, mientras que Margaret se volvió más perturbada y febril, a medida que la noche avanzaba en sus horas más profundas y silenciosas. Yacía oyendo las gotas de la lluvia que caían en una sucesión monótona, no desviadas ni por un soplo de viento; y un impulso nervioso le hacía, continuamente, levantar la cabeza de la almohada, y mirar dentro de la habitación de Mary y el espacio intermedio. La fría luz de la lámpara arrojaba las sombras de los muebles contra lo alto de las paredes, estampándolas, inmóviles, allí, excepto cuando se agitaban por una repentina oscilación de la llama. Dos sillones vacíos estaban en sus antiguas posiciones al otro lado del hogar, en donde los hermanos habían acostumbrado a sentarse en una joven y alegre dignidad, como jefes de familia; dos asientos más humildes estaban cerca, los verdaderos tronos de ese pequeño imperio, donde Mary y ella misma habían ejercido en el amor un poder que el amor había conquistado. El alegre brillo del fuego había iluminado el círculo feliz, y el débil resplandor de la lámpara se había adecuado a su reunión actual. Mientras Margaret suspiraba en su amargura, escuchó un golpe en la puerta de calle. "¡Cómo habría saltado mi corazón por ese sonido hasta ayer mismo!", pensó recordando la ansiedad con que había esperado largamente noticias de su esposo. "Ahora no me importa; que se vayan, porque no me voy a levantar". Pero aún cuando un tipo de irritabilidad infantil la hizo actuar de este modo, estaba respirando rápidamente, y esforzando sus oídos para captar una repetición del llamado. Es difícil estar convencido de la muerte de alguien al que hemos considerado como un otro yo. La llamada fue renovada ahora con golpes lentos y regulares, aparentemente dados con el extremo blando del puño, y estaba acompañada por palabras, débilmente oídas a través del grosor del muro. Margaret miró la habitación de su hermana, y la contempló quieta yaciendo en las profundidades del sueño. Se levantó, puso el pie en el piso, y se vistió rápidamente, temblando entre el miedo y el entusiasmo.
"Que el cielo me ayude", suspiró. "No he dejado nada por miedo, y a mi modo de ver yo soy diez veces más cobarde que nunca".
Tomando la lámpara del hogar, se precipitó a la ventana que daba a la puerta de calle. Había un enrejado que giraba sobre sus goznes; y habiéndolo llevado hacia atrás, estiró un poco su cabeza en dirección a la atmósfera húmeda. Un farol estaba enrojeciendo el frente de la casa, y fundiendo su luz en los charcos vecinos, mientras un diluvio de oscuridad inundaba todos los demás objetos. Cuando la ventana chirrió sobre sus goznes, un hombre con un sombrero de ala ancha y una frazada de abrigo salió del reparo, y miró hacia arriba para ver quién se había levantado por su solicitud. Margaret lo conocía como un amigable posadero de la ciudad. -¿Qué necesita, señor Parker? -gritó la viuda.
-¿Es usted, señora Margaret? -respondió el posadero- Temía que fuera su hermana Mary; porque odio ver a una joven mujer en problemas, cuando no tengo una palabra de consuelo para susurrarle.
-Por el amor de Dios, ¿qué noticias trae? -gritó Margaret.
-Bueno, ha pasado un expreso por la ciudad en esta media hora -dijo el señor Parker-, viajando de la jurisdicción Este con cartas del gobernador y del consejo. Paró en mi posada para refrescarse con un trago y un bocado, y le pregunté por las noticias de las fronteras. Me dijo que nosotros vencimos en la lucha que usted sabe, y que trece hombres reportados como muertos están sanos y salvos, y su esposo entre ellos. Además, ha sido designado en la escolta para traer a los cautivos franceses e indios de vuelta a la cárcel provincial. Pensé que a usted no le importaría que interrumpiera su descanso, y entonces me hice una escapada para decírselo. Buenas noches."
Diciendo así, el buen hombre partió; y su farol alumbró a lo largo de la calle, dejando ver las formas indefinidas de las cosas, y los fragmentos de un mundo como el orden que relumbra a través del caos, o la memoria que deambula sobre el pasado. Pero Margaret no se quedó para mirar estos pintorescos efectos. La alegría estalló en su corazón, y lo iluminó al instante; y sin aliento, y con pasos alados, fue volando a la cama de su hermana. Se detuvo, sin embargo, en la puerta de la habitación, mientras un pensamiento de dolor se apoderaba de ella.
"Pobre Mary", se dijo. "¿La despertaré para que sienta su pena agravada por mi felicidad? No; la guardaré en mi propio pecho hasta la mañana."
Se acercó a la cama, para averiguar si el sueño de Mary era apacible. Su cara estaba vuelta parcialmente hacia la almohada, y había estado oculta ahí para llorar; pero una expresión de satisfacción inmóvil era ahora visible, como si su corazón, igual que un lago profundo, se hubiera calmado porque su marido muerto se había hundido profundamente en él. Es feliz y extraño que las penas más leves sean aquellas de las que principalmente se fabrican los sueños. Margaret evitó perturbar a su cuñada, y sintió como si su mejor fortuna la hubiera vuelto involuntariamente desleal, y como si el afecto alterado y disminuido debiera ser la consecuencia de la revelación que tenía que hacer. Con un paso súbito se alejó. Pero la alegría no pudo ser reprimida por mucho tiempo, aun por circunstancias que habrían provocado un dolor profundo en otro momento. Su mente se pobló de agradables pensamientos, hasta que el sueño apareció, y los transformó en visiones, más agradables y más extravagantes, como el aliento del invierno (¡pero qué comparación tan fría!) que traza fantásticas filigranas en una ventana.
Cuando la noche estuvo más avanzada, Mary despertó con un súbito arranque. Un vívido sueño la había envuelto al final en su vida irreal, del cual, de todos modos, sólo podía recordar que había sido interrumpido en el punto más interesante. Por un momento, un ligero sueño sobrevoló sobre ella como una niebla matutina, impidiéndole percibir el nítido contorno de su situación. Escuchó con imperfecta conciencia dos o tres descargas de un rápido y ansioso golpe en la puerta; y primero juzgó el ruido como natural, como el aire que respiraba; después le pareció una cosa que no tenía ningún interés; y, finalmente, comprendió que era una llamada que necesitaba ser obedecida. En el mismo momento, la angustia del recuerdo asaltó en su mente; la mortaja del sueño fue quitada de la cara del dolor; la débil luz de la habitación, y los objetos allí dentro revelados, habían conservado todas sus ideas suspendidas, y se las devolvieron tan pronto como abrió los ojos. De nuevo hubo un rápido llamado en la puerta de calle. Temiendo que su hermana fuera perturbada también, Mary se envolvió en una capa y capucha, tomó la lámpara del hogar, y se precipitó a la ventana. Por casualidad había quedado destrabada y cedió fácilmente a su mano.
-¿Quién está ahí? -preguntó Mary, temblando al mirar hacia fuera.
La tormenta había terminado, y la luna estaba alta; brillaba arriba sobre las nubes abiertas, y debajo sobre las casas ennegrecidas por la humedad, y sobre pequeños lagos de lluvia caída, rizados de plata bajo el rápido encanto de la brisa. Un hombre joven vestido de marinero, mojado como si hubiera salido de las profundidades del mar, estaba parado solo bajo la ventana. Mary lo reconoció como uno que se ganaba la vida en cortos viajes a lo largo de la costa; no olvidaba que, antes de su matrimonio, él había sido su infructuoso pretendiente.
-¿Qué buscas aquí, Stephen? -dijo ella.
-Alégrate, Mary, porque busco consolarte -respondió el rechazado amante- Debes saber que llegué a casa no hace diez minutos, y lo primero que mi buena madre me contó fue la noticia acerca de tu esposo. Así, sin decir una palabra a la anciana, me puse el sombrero, y salí corriendo de la casa. No podría haber dormido ni un instante antes de hablarte, Mary, por los viejos tiempos.
-Stephen, pensaba mejor de ti -exclamó la viuda con abundantes lágrimas y disponiéndose a cerrar la reja; porque no estaba en absoluto inclinada a imitar a la primera mujer de Zadig.
-Pero espera, y escucha mi historia -gritó el joven marinero- Te cuento que conferenciamos con un bergantín ayer a la tarde, que venía desde la vieja Inglaterra. ¿Y a quién crees que vi parado en la cubierta, vigoroso y sano, sólo un poco más delgado de lo que estaba hace cinco meses?
Mary se inclinó fuera de la ventana, pero no pudo hablar.
-Bueno, era tu marido en persona -continuó el generoso marino- Él y otros tres se salvaron sobre un madero, cuando el Blessing se dio vuelta. El bergantín fondeará en la bahía apenas aclare, con este viento, y tu lo verás aquí mañana. Éste es el consuelo que te traigo, Mary, y buenas noches.
Se alejó apresuradamente, mientras Mary lo miraba dudando de la realidad de la vigilia que parecía más fuerte o más débil a medida que él entraba alternativamente en las sombras de las casas, o aparecía en las amplias franjas de la luz de la luna. Gradualmente, sin embargo, un dichoso torrente de convicción inundó su corazón, con fuerza suficiente para abrumarla si su aumento hubiera sido más abrupto. Su primer impulso fue despertar a su cuñada, y comunicarle la reciente alegría. Abrió la puerta de la habitación, que había sido cerrada en el curso de la noche, aunque sin llave, avanzó hacia el lado de la cama, y estuvo a punto de apoyar su mano sobre el hombro de la durmiente. Pero entonces recordó que Margaret despertaría a pensamientos de muerte e infortunios, vueltos no menos amargos por el contraste con su propia felicidad. Dejó que los rayos de la lámpara cayeran sobre la figura inconsciente de la viuda. Margaret yacía en un sueño inquieto, y las mantas estaban desparramadas a su alrededor; su joven mejilla estaba sonrosada, y sus labios entreabiertos en una vívida sonrisa; una expresión de alegría, cuya manifestación era impedida por sus párpados sellados, se abría paso trabajosamente, como incienso, de todo el semblante.
"¡Mi pobre hermana!, muy pronto te despertarás de ese sueño feliz" -pensó Mary.
Antes de retirarse, dejó la lámpara e intentó arreglar las mantas para que el aire frío no hiciera daño a la febril durmiente. Pero su mano se estremeció contra el cuello de Margaret, una lágrima cayó sobre su mejilla, y repentinamente despertó.

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