El arte de mear contra el viento idealista
por Ignacio Barbeito
Al igual que Diógenes vivió como extranjero y al artífice de sí mismo aconsejó "salir al extranjero, más allá de no importa qué frontera (con la condición de que la salvéis)". Como quizás Diógenes también, se preguntó "¿qué puede mi razón solitaria contra su razón fabricada por trescientos mil cerebros en miles de años, contra esa montaña nacida de cabezas subordinadas y funcionales?" Y de lo que no hay dudas es que la respuesta fue la misma: "¡Ojalá el caniche, en lugar de hacer monerías, se ponga por fin a morder!"
La escritura concebida como veneno, como golpe de puño o patada, como bufonada feroz: "¿cuándo romperás tú, arte, con tu docilidad y empezarás a golpear?". Contra la literatura, la filosofía, la religión, las escuelas, sus maestros y sus cánones: "Esos maestros son perfectos alumnos y enseñan sólo lo que aprendieron, no, no, no queda en ellos ningún pensamiento propio". Contra el artificio humano que esclerosa las fuerzas de la inmadurez y del cual, sin embargo, no hay escapatoria: "¡Dios mío, permíteme vomitar la forma humana! Ha aparecido un perro."
¿Pero cómo pensar la desfachatez y la impudicia sin el perro? La del perro es una presencia obstinada y violentamente muda para Gombrowicz, que torna extraña la monotonía de lo cotidiano al afirmarse como singularidad irreverente. A diferencia de Diógenes, él no se reconoce en el perro, pero el perro le impide reconocerse en los hombres. El perro despierta pero no convoca, incomoda mas no "fra...terniza". Más que vivir entre los hombres vive con los hombres; su existencia, es un efecto de vaciado de humanidad. Lo humano es anti-perro. La antítesis entonces no se produce entre el perro y el hombre puesto que en este caso se trata de una oposición sin negatividad; la antítesis gombrowiczeana es la del muslo y la cabeza. Pero es una antítesis muy peculiar. La cabeza hace todo el trabajo de edificación contra el muslo, o mejor dicho, a pesar del muslo, porque el muslo no puede ser erradicado, no hay cabeza sin muslo. Toda cabeza esconde su muslo, un sucio secretito que hay que mantener a raya a fin de que no acabe con la cabeza.
El muslo y la cabeza adquieren sendas formas literarias y por eso hay para Gombrowicz una literatura muslezca y una literatura de la cabeza (tal como la hallaba representada en Shakespeare, Borges y el noveau roman) o, para ser estrictos, hay muslo y literatura. Los crímenes de Shakespeare son "magníficos y atrayentes" pero el "ajo con chocolate" y un dedo hurgando una oreja vulgar resultan inasimilables. La literatura, en su impulso a la perfección, hurga la oreja de Dios, que se pone a escuchar. "¿Qué aspecto ofrece el campo de la literatura? -se pregunta en el único número publicado del pasquín Aurora- ¿Sería de nuestra parte un exceso de atrevimiento decir que el campo, a pesar de tantos y tan excelsos talentos, resulta algo aburrido? Es verdad que todos funcionan y se sabe que Borges publicará un nuevo libro de altos kilates, Capdevila un volumen de romances y Larreta una manzana. Pero no hay vida. Todos estos hombres no son hombres sino meras abstracciones o, mejor dicho, muy talentosas y capacitadas fábricas".
Ahora bien, la literatura no apaga jamás el clamor descarado del muslo, pero lo esconde. Como de manera certera deduce Arthur Sandauer "toda madurez lleva en ella un germen de inautenticidad". El psicoanálisis y la desconstrucción han sabido mostrar (traducir) el muslo del texto. A Gombrowicz también le parece rara esa aparente ausencia del muslo que opaca las lenguas y se constituye en la base de su dignidad. En Ferdydurke, Pepe (Jojo) no se amilana ante la rareza: "Y después de meditar un rato logré traducir a un idioma comprensible el contenido de la siguiente estrofa:
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El verso
Los horizontes estallan como botellas
la mancha verde crece hacia el cielo
me traslado de nuevo a la sombra de los pinos
y desde allá:
Tomo el último trago insaciable
de mi primavera cotidiana.
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Mi traducción
Los muslos, los muslos, los muslos,
los muslos, los muslos, los muslos, los muslos
el muslo.
Los muslos, los muslos, los muslos."
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"El verso" tiene un solo propósito: conquistar la modernidad. O lo que es lo mismo: seducir a la modernidad convirtiéndose en moderno comporta cinismo apoteótico. Por eso, al hombre honesto sólo cabe una máxima de acción: "Al enemigo trata de verlo en el baño".
Para Gombrowicz lo humano es, esencialmente, mistificación. ¿Corresponde entonces a la literatura el ejercicio inclaudicable de una función de denuncia? Es cierto que Gombrowicz se reconocía como un ferviente admirador de la filosofía de Sartre; pero aquella tarea que el filósofo francés atribuía a la literatura del escritor de prosa, tarea que no se entendía sino como manifestación de su engagément a través del instrumento del lenguaje, no encuentra eco alguno en el recurso estructural a la parodia y al sarcasmo del autor de Trasatlántico. Es cierto también que como Sartre, subraya la prioridad del "entre los hombres" frente a la invocación de cualquier esencia; pero a toda forma que allí se gesta opone la incondicionalidad vital del disentimiento y de la fuga. ¿Dónde está la literatura para Gombrowicz? Como el arte en general, entre los hombres. No hay exterioridad respecto de las formas y las fachas humanas. ¿Dónde está Gombrowicz? En un perpetuo desliz desde el que nos mira, riendo.
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