Divagaciones estáticas
por Flavio Lo Presti
En la década del noventa leí Respiración artificial y La luz argentina. No me acuerdo en qué año fue, pero las leí a las dos el mismo año. Probablemente contra los deseos de sus dos autores, las dos novelas tenían una coincidencia notable. Era una coincidencia tan grande y tan muda que me parecía un descubrimiento personal, un secreto crítico. En las dos novelas la experiencia (¿qué cosa será?, me pregunto a veces) estaba negada. Era la atmósfera cultural, y es probable que lo siga siendo. No sé ahora. Pienso inmediatamente en Infancia e historia, de Agamben, en Benjamín, en Marc Auge, hasta en una frase de Beatriz Sarlo que me quedó incrustada in medias res en la memoria: esta época, caracterizada por la producción serializada de deseos (no creo que sea literal, aclaro). En Respiración artificial la experiencia y la aventura eran imposibles, todo lo que podíamos contar sobre nosotros mismos no eran sino manías. En La luz argentina, los personajes estaban condenados a excluir de sus vidas la seriedad, amenazados por el veto del absurdo. El resultado estaba en las narraciones: Piglia hurgaba en la literatura y recuperaba formas, frases y personajes, incapaz de narrar el presente sin ese recurso de amparo; por su parte, Aira narraba las vidas de espectros, y el realismo (debido al clima de época: todos estábamos convencidos de ser espectros) se le metía por la ventana de la teoría.
Lo curioso es que estos fueron, junto a Saer, los que resultaron "los nombres del consenso" en la crítica literaria argentina. Un plantel de escritores que se escamoteó, que dudó, que postergó la posibilidad de narrar la experiencia, no importa qué cosa sea. No fue solamente en Argentina: toda la novela en occidente tuvo algún momento de coqueteo (cortejo, diría Borges) con su propia disolución. Metafiction en Estados Unidos (no es casual que una de las referencias de John Barth sea Borges); la era de la sospecha de Sarraute y la novela nueva de Robbe Grillet en Francia (no es casual que una de las referencias de Robbe Grillet sea Borges). El resultado: la literatura jugando consigo misma, a lo que sea: a adelgazarse, a morirse, a parodiarse, a destruirse o a recrearse. Por comodidad o por razones comerciales, sin embargo, la novela casi balzaciana (de una vez por todas habría que demostrar que Balzac era un novelista casi delirante, y que no es balzaciana la forma que domina el best seller) siguió teniendo adeptos, porque después de todo alguna gente (la mayoría de los lectores) siguió esperando de los novelistas dos cosas: una historia y una visión de mundo clara, distinguible. Para ser sinceros, no se obtienen estas cosas solamente de novelistas comerciales (¿cuál no lo es?). Mi mamá pudo leer en esas coordenadas Extinción, de Thomas Bernhard. Hay amenos novelistas norteamericanos que son buenos, tolerables escritores, como John Irving. Quiero decir: no hace falta ser Harold Robbins para ser un narrador legible.
Hay tradiciones completas, colecciones de escritores legibles, pasables, que no están del todo mal. Los chejovianos norteamericanos, por ejemplo, aunque padecen el estigma de ser productos en serie de algún mecanismo industrial: los talleres, las revistas de narrativa. Leyendo una solapa de Ethan Canin (un Carver prolijo, lírico, lleno de sumarios poéticos: es decir, un Carver de probeta, para señoras) me entero de que sus epifanías son de primer nivel. No hace falta ser un genio para comprender lo que implica la existencia de niveles de epifanía: son, diría un crítico porteño, como los bujes de un auto. Hay normas Isso para medirlas.
Actualmente, la literatura argentina está dando contorsiones críticas para superar ese estado en el que la imposibilidad de narrar el presente domina todo el panorama (o por lo menos la zona lúcida). Esas contorsiones son un espectáculo interesante, que uno puede seguir en el suplemento cultural (ascendido a Revista) del Clarín. Está un novelista, Gonzalo Garcés, que se queja de que las letras argentinas (Piglia, Saer y Aira) no entusiasman a los lectores europeos, porque no son los suficientemente vitales. Después sale Martín Kohan (un muchacho muy simpático, a quien nos tocó conocer hace poco: nótese algo divertido: Martín Kohan es el único novelista del mundo auspiciado por Adidas) a responderle con argumentos que rozan los de Garcés, a enredarse con Garcés en una esgrima verbal para la tribuna. Y después aparece una respuesta interesante. La de otro novelista, Oliverio Coelho. La respuesta de Coelho: la literatura argentina no encuentra un mainstream (palabra de moda entre los polemistas de suplementos) porque los lectores argentinos se han acostumbrado a la originalidad, porque son anómalos y han parido una literatura del mismo tipo. Hay un error lógico, acá: me acabo de dar cuenta. Si Coelho pretende que adscribir voluntariamente a las estéticas dictadas por la corriente principal de un gran mercado como el español está mal (a esta altura una frase así es rara), escribir al dictado de un pequeño grupo de lectores excéntricos no es mejor, no es la garantía (como espero que sea evidente) de ninguna libertad creativa.
Es curioso, por otra parte, que se crea que en la Argentina no hay una corriente principal, un maistream. Coelho no debe trabajar en una librería. En la Argentina hay lectores de best sellers. El libro más vendido es por supuesto El Código Da Vinci (es ilegible, lo puedo asegurar). Después viene Danielle Steel. Y después (hablamos siempre de ficción) viene una autora de aquí nomás, alguien a quien podemos encontrarnos en la casa de algún amigo relacionado a las letras, o cruzar en el supermercado. La única, la inimitable Cristina Bajo. Voy a copiar un argumento de Fogwill para eximirme de criticarla, ya que vive cerca. Fogwill dice por ahí que la novela histórica es un género con reglas precisas y que es probable que pocos las dominen. Los best sellers deben tener sus reglas, y dominarlas no es para cualquiera. Por otra parte, tanto a Coelho como a Kohan como a Garcés (a Fogwill también) debe darles un poco de envidia saber que a unas cuantas casas, o a unos cuantos kilómetros, una señora escribe libros de ficción (sin ningún contenido gnómico ni ningún urgente material del presente como tema) que después son leídos (y comprados) por cientos de miles. De todos modos tengo que decir que un título como Sierva de Dios, Ama de la muerte es para mí una versión de papel del Lasciate ogni speranza de Dante.
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