Revista La Rana
Los beneficios del exotismo
por Julián Aubrit


I

Las palabras de Harold Bloom ("repudio completamente la lista"; "es terriblemente incompleta") invalidan cualquier intento de cuestionar las omisiones de su lista; no impiden, en cambio, el cuestionamiento de algunas inclusiones. El propósito central de esta nota es mostrar que La guerra del fin del mundo¹ es todo lo contrario de una obra canónica: no es original, no merece ser releída, es típicamente kitsch y está deliberadamente escrita para ser leída por el gran público. La reescritura de Vargas Llosa utiliza dos procedimientos básicos para asegurar una lectura accesible: el melodrama y las simplificaciones ideológicas.

II

El León de Natuba, un ser deforme que camina en cuatro patas y que es salvado por Antonio Conselheiro de ser quemado vivo, se autoinmola en las llamas para evitar que un bebito muerto sea devorado por las ratas; el Enano del circo hace llorar por primera vez a João Abade contándole la historia de Roberto el Diablo; el periodista miope, de una pusilanimidad estereotipada, encuentra el verdadero amor en los brazos de una sertanera; Pajeú es atrapado por un soldado pederasta. Vargas Llosa, en algunos pasajes de La orgía perpetua, habla del melodrama:

Aunque no soporto el melodrama literario en estado puro el cinematográfico sí, y es posible que esa debilidad mía haya sido forjada por el melodrama mejicano de los años cuarenta y cincuenta que frecuenté viciosamente y que todavía añoro, en cambio, cuando una novela es capaz de usar materiales melodramáticos dentro de un contexto más rico y con talento artístico, como en Madame Bovary, mi felicidad no tiene límites

Mi afición al melodrama no tiene nada que ver con ese juego intelectual, desdeñoso y superior, que consiste en reivindicar estéticamente, mediante una noble e inteligente interpretación, lo innoble y lo estúpido (...) sino una identificación con esa materia que es, ante todo, emocional, es decir una plena obediencia de sus leyes y una reacción ortodoxa a sus incitaciones y efectos

el elemento melodramático me conmueve porque el melodrama está más cerca de lo real que el drama, la tragicomedia que la comedia o la tragedia


Los pasajes esbozan una estética: el melodrama puede tener sentido dentro de un contexto más amplio y utilizado de manera adecuada; la realidad es melodramática y un arte realista tendrá necesariamente elementos melodramáticos; el melodrama es capaz de producir un efecto emocional que puede aprovecharse estéticamente. Puede acordarse, en líneas generales, con estas afirmaciones: se han escrito grandes obras aprovechando los esquemas del melodrama, como Madame Bovary o "The Dead" y el capítulo 13 del Ulysses. Lo que aprovechan Flaubert y Joyce es el patetismo del melodrama. Este efecto patético se basa en, además de la identificación de la que habla Vargas Llosa, un distanciamiento. En La guerra del fin del mundo no se produce este distanciamiento: más que respondiendo a esta concepción y a esta tradición, los elementos melodramáticos parecen estar puestos para aumentar la legibilidad de la novela, para hacerla más accesible e interesante para un público que tiene veleidades culturales pero al que aburren los intentos demasiado sofisticados. Es como si Vargas Llosa no estuviese del todo seguro del interés que pueda tener para los lectores la guerra de Canudos y, por esta razón, la adereza con esos toques melodramáticos.

III

La peor simplificación ideológica de toda la novela es Galileo Gall, un anarquista escocés que ha llegado a Bahía escapándose de sus perseguidores políticos y que ve en Canudos la aplicación práctica de los principios revolucionarios por los que lucha (matrimonio civil, propiedad comunal, etc.). En su intento de llegar a Canudos cae ingenuamente en la trampa de un político republicano local, que le entrega un cargamento de armas para luego atraparlo y utilizarlo como prueba del fondo monárquico y de la intervención extranjera en el levantamiento. Camino a Canudos viola, después de diez años de abstinencia autoimpuesta, a la esposa del pistero al que ha contratado y finalmente muere en manos de éste y de los soldados republicanos en las inmediaciones de Canudos. Vargas Llosa sugiere con poca sutileza que el idealismo de Galileo Gall es ciego y que interpreta erróneamente el significado del levantamiento. En este personaje se concentra lo más deplorable de las simplificaciones ideológicas de Vargas Llosa. Galileo Gall parece un personaje de las malas novelas de tesis a lo Doña Perfecta: está puesto para demostrar la inadecuación de la revolución y la represión inevitable de ciertos impulsos supuestamente vitales e irrenunciables. Estas tesis corresponden al estadio final de la cristalina evolución ideológica de Vargas Llosa, que puede seguirse con la simple lectura de la recopilación de artículos Contra viento y marea, en la que empieza con visitas entusiasmadas a la Cuba revolucionaria y termina escribiendo:

El ideal igualitario es incompatible con el libertario. Puede haber una sociedad de hombres libres y una de hombres iguales pero no puede haber una que compagine ambos ideales en dosis idénticas. Ésta es una realidad que cuesta aceptar porque se trata de una realidad trágica, que desbarata una tradición de utopías generosas (...) la libertad y la igualdad sólo pueden hacer un corto trecho juntas; luego, fatalmente, los caminos de ambas se cruzan y divergen

La libertad y la igualdad son fatalmente antitéticas y la justicia social es una utopía irrealizable (aunque generosa). Vargas Llosa parece decir que con buenas intenciones no se hace nada, que la verdadera revolución es imposible y ahí está el destino de Galileo Gall para demostrarlo.

IV

El lugar común según el cual Vargas Llosa es un liberal pérfido y cínico pero a la vez un gran novelista me parece doblemente insatisfactorio. No creo que sea ninguna de las dos cosas: ni un intelectual perverso al servicio del capitalismo ni un gran escritor. El problema es que su pensamiento es, en algunos puntos, lo suficientemente detestable como para confundirlo con lo primero y escribe, a veces, suficientemente bien como para que algunos lo confundan con lo segundo. La guerra del fin del mundo muestra tanto sus limitaciones ideológicas y literarias como sus virtudes de narrador. Es una novela bien escrita y con una estructura sólida, pero tiene una limitación fundamental y definitiva: ni siquiera se acerca a su modelo. Vargas Llosa se aprovecha de la fascinación como tema literario que tienen Antonio Conselheiro, Canudos y el sertón sin entregar nada a cambio: su novela no agrega nada realmente significativo al texto de Euclides da Cunha. Esto es lo que la vuelve una obra cuestionable y hace muy relativo su valor. Os sertões es el resultado de una serie de tensiones que llevan al escritor al límite de sus posibilidades. Nada de esto hay en la novela de Vargas Llosa, que parte de los logros de la obra de Euclides da Cunha y se limita a copiarla matizándola con algo de melodrama y de ideología. La elección misma del modelo es cuestionable: ¿qué sentido tiene escribir una novela sobre Canudos después de Os sertões? La novela de Vargas Llosa no ha conseguido responder esta pregunta; comparada con Os sertões, La guerra del fin del mundo es decididamente prescindible.




¹ Publicada en 1981, esta novela anticipa un procedimiento utilizado con profusión por varios escritores argentinos de la llamada novela histórica y que consiste principalmente en aprovechar la fascinación que se supone producen ciertos personajes históricos, mostrando muchas veces lo que las contratapas llaman la otra cara de la historia (como las enfermedades venéreas o las tendencias homosexuales de los próceres). La novela histórica argentina prodiga, en una escritura con ciertas veleidades estilísticas, algunas aventuras supuestamente emocionantes disfrazadas de buena literatura para diversión y edificación de la burguesía lectora, y simula, a la vez, tener pretensiones literarias (no se presenta abiertamente como un best seller o una novela de aventuras). Un ejemplo paradigmático y rastrero es la novela El largo atardecer del caminante de Abel Posse, en la que Cabeza de Vaca, en sus últimos años, persigue rufianes y trata de rescatar a su hijo indio de los depósitos de esclavos del puerto de Sevilla. Cuando estos novelistas dicen que escriben sobre el pasado para entender el presente usan una frase típica del género que agota las posibilidades estilísticas y enciclopédicas de los lectores para los que escriben: la contratapa. Volver

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