Katherine Mansfield (fragmento)
por Willa Cather
Traducción de Giselle Lucchesi
Todo
escritor y crítico con discernimiento que haya leído el primer libro de relatos
de Katherine Mansfield tiene que haber sentido que ahí había un talento muy
singular. En este momento hay muy pocos escritores que se ocupen de su medio de
expresión de otra forma que no sea como una vía para comunicar sus ideas. Pero
en Katherine Mansfield se reconocía el virtuosismo, un amor por el medio que
había elegido.
Las
cualidades de un escritor de segunda pueden ser fácilmente definidas, pero en
un escritor de primer orden sólo pueden experimentarse. Es precisamente eso que
escapa al análisis lo que lo convierte en un escritor de primer orden. Se
pueden catalogar todas las cualidades que comparte con otros escritores, pero
aquello que sólo a él le pertenece, su timbre, no puede ser definido o
explicado más de lo que puede explicarse la calidad de una voz hermosa.
La
manera en que Katherine Mansfield solía acercarse a las mayores fuerzas de la
vida era mediante incidentes comparativamente triviales. Elegía un pequeño
reflector para lanzar un rayo luminoso en el reino de las sombras de las
relaciones personales. Siento que las relaciones personales, especialmente las
que no se pueden definir, las aparentemente menos importantes, eran las que más
le interesaban. En mi opinión, nunca se midió a sí misma de manera tan completa
como en "Preludio" y "En la bahía", los dos notables relatos sobre la vida de
una familia inglesa en Nueva Zelanda.
Dudo
que algún escritor contemporáneo nos haya hecho sentir con tanta precisión la gran
variedad de relaciones personales que existen en el modelo de "familia feliz"
cuyos integrantes se dedican a vivir sus vidas sin crisis ni conmociones ni
complicaciones desconcertantes. Sin embargo, cada uno de los individuos de esas
familias (incluso los niños) se aferra apasionadamente a su alma individual,
aterrado por la posibilidad de perderla en el conjunto familiar. Como ocurre en
la mayoría de las familias, la simple lucha por tener algo propio, por ser uno
mismo, crea una tensión que mantiene a todos sus miembros casi en un estado de
ruptura.
Nos
damos cuenta así de que incluso en las familias más armónicas hay una doble
vida: la vida de grupo, que es la que podemos ver en la casa de cualquier
vecino, y, por debajo de ésta, otra -secreta, apasionada e intensa- que es la
vida real que imprime la marca en los rostros y da personalidad a las voces de
nuestros amigos. Cada uno de los integrantes de estas unidades sociales está
constantemente pensando en escapar, en salir corriendo, en tratar de romper la
red en la cual las circunstancias y sus propios afectos lo han ido envolviendo.
Así, nos damos cuenta de que las relaciones humanas son la necesidad trágica de
la vida humana, que no pueden ser nunca totalmente satisfactorias, y que todo
ego se pasa la mitad de su tiempo ansiándolas y la otra mitad tratando de
escapar de ellas. En esas simples relaciones que se dan entre un marido amoroso
y su mujer, entre hermanas afectuosas, entre los niños y su abuela, hay
innumerables tonos de dulzura y angustia que día tras día marcan la pauta de
nuestras vidas, aunque no aparezcan en la lista de temas con los que trabaja el
novelista convencional.
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