Carrera (fragmento)
por Joseph Roth
Traducción de Julián Aubrit
Desde
hacía veintitrés años era el segundo contador de la firma Reckzügel y Compañía,
Exportación Mayorista de Sillas de Montar y Correajes, y ganaba 350 coronas al
mes.
Y
se llamaba Gabriel Stieglecker.
Y
además hay que decir de él que para no morirse de hambre buscaba ingresos
adicionales y algo encontraba. Hacía trabajos temporales en las firmas Hermanos
Pollacek, Simon Silberstein y Hermano, Rosalie Funkel todos los meses, algunos
días antes de fin de mes. En total, Gabriel Stieglecker ganaba 675 coronas al
mes. Y de eso se moría hacía tres años y cinco meses.
Era
un contador destacado, rápido y confiable. Gracias al trabajo de Gabriel
Stieglecker las firmas Hermanos Pollacek, Simon Silberstein y Hermano, Rosalie
Funkel podían ahorrarse un contador propio. Mantenía sus libros en orden, sabía
también qué cosas tenían que permanecer ocultas al fisco y a la policía, y era
discreto como una tumba.
Gabriel
Stieglecker amaba su profesión. Prefería la tinta verde antes que la azul y,
antes que ésta, la tinta roja. Pero la violeta era su favorita. Todos los
contadores del mundo escriben los números con tinta negra Kaiser. Gabriel
Stieglecker escribía, básicamente, números violetas. Sobre la tinta violeta
afirmaba saber a ciencia cierta que duraba más que las otras y que penetraba
con una intensidad inigualable por los poros del papel. Incluso podía suponerse
que las cifras escritas con tinta violeta subsistieran mucho después de la
completa destrucción del papel como, por decirlo así, imágenes transparentes en
el aire.
En
lo que se refiere a las cifras escritas por Gabriel Stieglecker, hay que
señalar que no podrían confundirse nunca con otras. Tenían un toque personal,
un carácter, eran individualidades. El 3 no tenía panza, el 2 no tenía joroba,
el 7 no tenía cola. Todas las cifras tenían «líneas», eran delicadas y esbeltas
como mujeres modernas y sólo podían ser superadas en brío artístico por los
modelos de las revistas de moda
Porque
Gabriel Stieglecker amaba sus criaturas, las cifras. Les insuflaba, por decirlo
así, su aliento, y por eso parecían tan desnutridas. Jugaba con ellas como un
chico con soldaditos de plomo, las alineaba en doble hilera y marcaba el borde
de la plaza de armas con un trazo verde pasto. O con tinta roja causaba un baño
de sangre entre ellas, pero nunca permitía que se derramara voluntaria e
ilimitadamente sobre campo abierto, sino que mediante una regla era desviada,
por decirlo así, hacia canales pulcros. En cualquier caso, tenía que haber
orden.
Lo
que hay que entender es que Gabriel Stieglecker ya en el sexto mes del cuarto
año se muere con un sueldo mensual de 675 coronas. Digo «se muere», no por
descuido sino a propósito. Porque la historia es verdadera, Gabriel Stieglecker
se llama de otra manera, pero vive. Por lo demás, la historia es demasiado
curiosa como para que nadie más que la vida pudiera haberla inventado. Como se
verá en lo que sigue.
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