Revista La Rana
Cuestionario LA RANA
Responde: ANA MARÍA SHUA (fragmento)


-¿Qué opina sobre El tamaño de mi esperanza?
–Es precisamente la excepción. Un libro encantador, sorprendente y al mismo tiempo todo lo contrario, un libro que explica y contiene las semillas de muchas preocupaciones posteriores de Borges, a veces disimuladas en ese follaje infinito que sólo Funes es capaz de recordar hoja por hoja. Un Borges en gestación, joven, polémico, anticuado, en búsqueda.

-¿Qué valor tiene para usted la obra cuentística de Cortázar?
–Cuesta recordarlo: tantos juegos narrativos que hoy suenan convencionales y trillados no existían hasta que Cortázar los inventó para poder saltar de casillero en casillero. Como todo Gran Maestro, Cortázar tuvo pocos discípulos y muchos imitadores. Su enunciado ético-estético impregna toda la literatura argentina, tal vez hasta Puig. Cuesta recordar que Cortázar no fue cortazariano. Sus cuentos siguen siendo jóvenes y valiosos.

-¿Considera que la obra de Leopoldo Lugones tiene algún valor en la literatura argentina? ¿Cuál?
–No. Lugones debió ser un hombre que gritaba muy fuerte y lo tenía asustado al pobre Borges. Su literatura es deplorable. Las fuerzas extrañas, salvo “Izur”, es un mal libro de cuentos, torpe, mal escrito, pedante. En la poesía de Lugones se rescatan de vez en cuando algunos versos memorables: como en la de cualquier poeta. Pero jugó bien sus cartas. En la Argentina la política literaria importa más que la calidad de la obra, este cuestionario lo demuestra. Horacio Quiroga, por ejemplo, nacido en la misma década, es mucho mejor escritor y su obra es notablemente más valiosa que la de Lugones. Le haría bien a la literatura argentina reconocerlo. En fin, el problema es la pasión por la vanguardia de la crítica argentina, lista para ensalzar cualquier engendro que se salga de los carriles, aunque sea el descarrilamiento de Lunario sentimental. Como si Lugones pudiera compararse con Girondo.

–Libertad Demitrópulos
–Negada y ninguneada por mujer y peronista, le llega el premio Boris Vian por El río de las congojas treinta años después: le llega demasiado tarde. Por el trabajo poético de la lengua, una obra comparable a la de Guimarães Rosa, de la que nadie se acuerda.

–Manuel Puig
–El más grande después de Borges. Reinventó la novela argentina, que sólo a partir de Puig empezó a desarrollarse y extenderse en todas sus posibilidades. Nadie tuvo su oreja para el diálogo.

–Juan José Saer
–Sí, obviamente, pero me gustaría olvidarme de su etapa objetivista onda Robbe-Grillet, como en El limonero real. Antes y después, maravilla, autor, como pocos, de una obra en la que importa el conjunto tanto como cada libro.

 


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